36. DIOS MANDA

36. Dios manda que crean | #CEO


Casa de Oración Rancho Nuevo | 19 de Abril de 2015 | Jonathan García | #CEO

Hechos 5. 32Y nosotros somos testigos suyos de estas cosas, y también el Espíritu Santo, el cual ha dado Dios a los que le obedecen.

¿Qué debemos predicar cuando compartimos el Evangelio? Resumiendo un poco:

¿De qué trata el cristianismo? El cristianismo trata del reino de Dios; de sus planes y sus propósitos. Qué en Jesucristo se encuentran las promesas del reino; Él es el camino de Dios y a Dios; fue preparado de antemano y anunciado por todo el Antiguo Testamento. ¿Cómo entramos al reino? Para ingresar al reino, es necesario nacer de nuevo. ¿Qué es un cristiano? Un cristiano es aquel hombre que ha recibido misericordia del Padre, que su pecado ha sido perdonado por la sangre de Cristo, y su vida trasformada por el poder del Espíritu Santo. Cada cristiano, uno a uno forma la Iglesia de Cristo. ¿Cuál es la función de la Iglesia? La misión del Iglesia es hablar de ese reino y vivirlo. ¿Cuál es su mensaje? Su mensaje es el Evangelio, y el primer llamado es al arrepentimiento.

Es la quinta semana que estamos estacionados es este pasaje (Hechos 5.30-32), y como anteriormente dije, aquí encontramos todos los elementos para predicar el Evangelio. Los cimientos: encarnación, crucifixión, resurrección, justificación y santificación. Además de que nos ayuda para generar un esquema de lo que debemos cubrir a la hora de estar predicando: Malas noticias, buenas noticias y el don del Evangelio (el sello).

Antes de continuar con el libro, que no lo vamos a estudiar todo verso por verso; pues la finalidad de esta serie era, reencontrarnos con el cristianismo de origen, respondiendo qué es la iglesia, que es un cristiano, cual es el llamado y cuál es la forma en que aquellos atendían a este llamado. Por tanto, no será necesario ver cada pasaje (de todos los 28 capítulos) de forma detallada. Es importante notar que estamos en la parte crucial de la serie, es aquí donde debemos enfatizar; pues estas cosas, más que cualquiera otra, son de vida o muerte. Podemos entender el apocalipsis de una manera diferente, o la manera del bautismo; esas cosas, aunque importantes, no son de vida o muerte.

I. El Evangelio demanda la obediencia

Hechos 5. 32Y nosotros somos testigos suyos de estas cosas, y también el Espíritu Santo, el cual ha dado Dios a los que le obedecen.

Es necesario poner atención en como el apóstol Pedro termina su mensaje evangelístico: “y también el Espíritu Santo, el cual ha dado Dios a los que le obedecen”. En esto puede haber confusión, ¿Cómo qué Dios demanda obediencia a quienes están muertos espiritualmente? Precisamente aquí hay divisiones grandes a lo largo de la historia en el cristianismo. Pero es necesario atender a lo que la Escritura muestra claramente, no importando las consecuencias; es decir, si caemos en una denominación o en otra. Esta obediencia es claramente una condición para recibir al Espíritu.

En otras palabras, Pedro estaba demandando una respuesta al oyente del Evangelio. Y esto es parte fundamental del cristianismo. Por tanto, el Evangelio es para obedecerlo. Pero no quiero que se vayan por otro lado. Pedro no está diciendo que si obedeces a Dios, y si guardas sus mandamientos, si vives una vida buena y mejor, serás recompensado con El Espíritu Santo. Queridos hermanos, eso es lo contrario al Evangelio. Si no todo sería por recompensa y no por pura gracia. No sería gratuito. Lo que Pedro dice, es que el Espíritu Santo es dado a quienes han creído el Evangelio. La obediencia de la que se habla es una obediencia al Evangelio.

Aunque pareciera algo extraño a la esencia misma del evangelio (un regalo), veremos que la obediencia al Evangelio se afirma en muchos lugares de las Escrituras. Comencemos por la epístola a los romanos, una carta que habla especialmente del Evangelio de la gracia, más que cualquier otro.

Romanos 1. 1Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios, 2que él había prometido antes por sus profetas en las santas Escrituras, 3acerca de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne, 4que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos, 5y por quien recibimos la gracia y el apostolado, para la obediencia a la fe en todas las naciones por amor de su nombre; 6entre las cuales estáis también vosotros, llamados a ser de Jesucristo; 7a todos los que estáis en Roma, amados de Dios, llamados a ser santos: Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.

¿Para qué? Para obediencia a la fe… Hay otro pasaje muy revelador:

Romanos 10. 14¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? 15¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas! 16Mas no todos obedecieron al evangelio; pues Isaías dice: Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio? 17Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios. 18Pero digo: ¿No han oído? Antes bien,

Por toda la tierra ha salido la voz de ellos,

Y hasta los fines de la tierra sus palabras.

19También digo: ¿No ha conocido esto Israel? Primeramente Moisés dice:

Yo os provocaré a celos con un pueblo que no es pueblo;

Con pueblo insensato os provocaré a ira.

20E Isaías dice resueltamente:

Fui hallado de los que no me buscaban;

Me manifesté a los que no preguntaban por mí.

21Pero acerca de Israel dice: Todo el día extendí mis manos a un pueblo rebelde y contradictor.

Quiero resaltar el v16: “Mas no todos obedecieron al Evangelio”. Es imposible quitar la palabra obediencia del Evangelio mismo. Al culminar su epístola Pablo, en la doxología, vuelve a decir:

Romanos 16. 25Y al que puede confirmaros según mi evangelio y la predicación de Jesucristo, según la revelación del misterio que se ha mantenido oculto desde tiempos eternos, 26pero que ha sido manifestado ahora, y que por las Escrituras de los profetas, según el MANDAMIENTO DEL DIOS ETERNO, se ha dado a conocer a todas las gentes para que obedezcan a la fe, 27al único y sabio Dios, sea gloria mediante Jesucristo para siempre. Amén.

Pero no solamente es idea de Pablo. Pedro en:

1 Pedro 1. 1Pedro, apóstol de Jesucristo, a los expatriados de la dispersión en el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, 2elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo: Gracia y paz os sean multiplicadas.

El Evangelio demanda la obediencia; así culmina Pedro cada mensaje del Evangelio que hemos visto. Pues el Evangelio reclama una respuesta, una acción. Reclama una decisión. Reclama obediencia. Aquí debo recalcar, como en otras ocasiones he dicho, no se trata de llevarlos a una decisión, sino al arrepentimiento; cualquiera toma una decisión y recita una oración, pero sólo cuando el Espíritu convence, una persona viene arrepentida y es allí cuando se le demanda la obedecía; obediencia que conlleva una decisión o una acción. Una vez más Pablo diciendo:

Romanos 6. 17Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; 18y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia.

Algunos de los mejores comentaristas dicen que la frase “habéis obedecido… a aquella forma de doctrina…”, está dando un ejemplo de sus tiempos.

El ejemplo es este: Imagina una cantidad de metal fundido, hierro o acero, quizá, a la que un artesano quiere darle la forma de un artículo en particular. ¿Qué hace? Bien, vierte el metal fundido en un molde y entonces, a medida que el metal se enfría, se endurece adquiriendo la forma del molde. Y eso, según el Apóstol, es lo que sucede cuando los hombres y las mujeres se convierten en cristianos. Los cristianos son personas que han sido vertidas en el molde del Evangelio, lo que significa que han adoptado la apariencia, el tamaño y la forma de ese molde. Y esto es fundamental. —Martyn Lloyd-Jones.

Por eso y no por cuestiones legalistas, es necesario enseñar que un cristiano da fruto; es una realidad que habrá evidencias de que ha sido moldeado por el Evangelio. De otra manera haríamos mentiroso a Dios. No tengamos miedo de decirlo con todas sus letras. De nada sirve profesar fe si no hemos sido moldeados a ella. No se trata de salvación por obras o por señorío o cualquier nombre que se invente por ahí. Se trata de no hacer mentiroso a Dios. Por tanto, los cristianos son personas que han obedecido el Evangelio. Y cuando pasa esto, son gobernados por esa enseñanza. La obediencia es necesaria, porque la esencia misma del pecado es la desobediencia a Dios. Y de lo que trata el Evangelio es volvernos al propósito inicial de Dios. ¿Recuerdan a Adán y Eva? Ahora, hay que tener claro entonces lo que es el pecado.

Teniendo esto en mente, el pecado viene cuando los hombres y mujeres no se “conforman al molde” en que Dios los hizo; esto es rebelión. Dios nos hizo a su imagen y semejanza. Pero nosotros rompimos el molde, haciéndole mentiroso.

Es fundamental para predicar el Evangelio con certeza, que seamos conscientes de lo que es el pecado. No debemos ser tan simplistas para decir que el pecado es algo que está mal. Nos aprendemos una lista de actos buenos y malos; y solemos pensar que el pecado es hacer esas cosas malas de la lista. Pero aunque es parte de, no es en esencia el pecado. Porque si fuera así tendríamos que decir que mucha gente no es pecadora, y por tanto, no tiene necesidad de Dios. Esto es un error.

Esto lo podemos ilustrar con la diferencia entre los síntomas de las enfermedades y las enfermedades mismas. ¿Cómo decides si un hombre está enfermo o no? Algunos se apresuran a decir, que si un hombre tiene fiebre, está enfermo. Pero siendo tan simple, tendríamos que decir que si un hombre no tiene fiebre, no está enfermo. Sin embargo, hay enfermedades que trabajan calladamente. Pero la enfermedad sigue avanzando. Al final no son los síntomas los que importan, sino la enfermedad misma. Eso sucede exactamente con la cuestión del pecado. Del pecado importan su esencia y no los síntomas; lo hombres no se conforman al molde de Dios, y lo rechazan haciéndole mentiroso.

Pedro insistía al Sanedrín, que debía obedecer a Dios antes que a ellos. Pues, ¿Cómo podrían creer de quien no han oído hablar? ¿Cómo escucharán si no hay quien les predique? Pero Dios ha llamado al predicador, le ha ordenado que sea testigo; no es una opción o un signo de madurez. Tú debes hablar. Debes ser testigo. Sólo así tus amigos, familiares y desconocidos conocerán la Verdad. En otras Palabras Pedro está diciendo al Sanedrín:

Les estamos haciendo un llamamiento. ¿No pueden ver que Él es Príncipe, que Él es Salvador, que Él es el camino de salvación de Dios? Pueden ser perdonados, pueden tener una vida nueva, pueden tener el don del Espíritu Santo, solo si creéis este mensaje y lo obedeces.

Cuando levantamos a Cristo en nuestra predicación, como Moisés levantó a la serpiente de bronce sobre un asta, y clamamos a nuestros oyentes: “Miren y vivan”, no estamos diciendo nuestras propias palabras, estamos expresando las palabras de Dios. Rechazar nuestras palabras sería un asunto de poca importancia; pero rechazar el testimonio de Dios, es una culpa muy grave. Esto es lo dramático del rechazo del evangelio. El Evangelio demanda nuestra obediencia porque tiene como apoyo la autoridad de Dios.

A continuación decimos que, desobedecer el Evangelio, es evidentemente menospreciar el motivo, el amor maravilloso del Dios que nos lo envía. Miren como Isaías hace tal llamado:

Isaías 1. 18Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana. 19Si quisiereis y oyereis, comeréis el bien de la tierra; 20si no quisiereis y fuereis rebeldes, seréis consumidos a espada; porque la boca de Jehová lo ha dicho.

Isaías 55. 7Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar.

¿Qué debemos hacer para obedecer el evangelio? Primero, oírlo.

Dios dijo desde tiempos antiguos: “Inclinad vuestros oídos y venid a mí; escuchad, y vivirá vuestra alma (Isaías 55.3)”. Y la razón de ese mandamiento es que “la fe es por el oír, y el oír por la palabra de Cristo.” Pero, debemos tener cuidado en relación a cómo escuchan y qué escuchan. No deben escuchar el evangelio como si fuera un cuento o una canción.

Pero escuchar el evangelio no es suficiente; el mandamiento claro es, “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo.” Ahora bien, creer es confiar. La esencia de la obediencia al evangelio está en renunciar a toda confianza en uno mismo, y a todo intento de salvarse uno mismo por méritos propios, y solamente descansar en Jesucristo para ser salvo. —Charles Spurgeon.

El que confía su alma a Cristo es seguro que se arrepiente, porque el verdadero arrepentimiento hace que un hombre hable así: “¿Acaso Cristo ha salvado realmente a mi alma? Cualquier cristiano después de haberse convertido, piensa: ¡Cuánto tiempo perdí! ¿Por qué no lo vi antes? Ahora ve.

II. El Evangelio viene como mandamiento

Esto parecería legalista, pero quiero demostrar que es todo lo contrario. Aquí se revela una vez más la sabiduría de Dios. Como vimos ampliamente, no se puede hablar de obedecer algo, sino tuviera la autoridad de un mandamiento. De esta manera se presenta a los hombres. ¿Recuerdan las palabras de Jesús? “Arrepentíos y crean en el Evangelio”.

Hechos 17. 30Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; 31por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos.

a) Se presenta en esta forma para conducir que vengas a Cristo, y confíes en que Él te salvará.

Esto es crucial que entendamos, demando su atención. El Evangelio no se presenta como una opción o una venta por catálogo; si se les antoja o no. El Evangelio es el mandamiento a que crean en Jesús, como Príncipe y Salvador. No se trata de que lo acepten, sino de que Dios en Cristo, acepta a todo aquel que cree. Por su puesto, como hemos visto, demanda una respuesta; pero la respuesta es que obedezcan, no que elijan si quieren o no. La gente puede aceptarlo o rechazarlo. Pero la desobediencia a este mandamiento es catastrófica. Por eso insisto, no es que vendamos a Jesucristo para que se unan a nosotros y sean felices. Es que necesitan arrepentirse y creer en la única salida. No tienen escapatoria. Que tomen su mano Salvadora. Que le den la espalda al mundo, a los pecados y a sus concupiscencias.

Era imposible imaginarse, aparte de la total ruina de la naturaleza del hombre por la caída, que hubiéramos necesitado de tantos ministros, de tanta súplica, de tantos años de paciencia por parte de Dios, y, sobre todo, que hubiéramos necesitado de la manifestación del todopoderoso Espíritu del propio Dios, antes que los pecadores quisieran obedecer el evangelio. Y que yo sepa, nada bajo el alto cielo prueba tan claramente que el corazón del hombre está absolutamente apartado de todo lo que es bueno, pues ese hombre rechaza el evangelio de gracia, rehúsa la misericordia divina, y a menudo cierra su oído a la voz de los mensajeros de Dios. Y en cada caso pisotea la propia sangre del Hijo de Dios. —Charles Spurgeon.

El Evangelio no viene como una cosa cotidiana, que se puede postergar. Es algo urgente, y no solo urgente, sino importante; de vida o muerte. No viene como un mensaje de uno de sus compañeros; sino que, con autoridad de Dios, viene a ustedes de la boca del propio Dios, directamente por medio de su Palabra, o indirectamente por medio de la fiel predicación de sus siervos. “El que no cree ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. Y ésta es la condenación: que la luz ha venido al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas”. Entonces, vean, se nos da el evangelio como un mandamiento, y desobedecerlo conlleva una horrible penalidad.

Algunas veces he tratado de explicar esta verdad con la comparación que la Reina Victoria mandara una orden a un hombre pobre, de los barrios más bajos de Londres, para que fuera a reunirse con ella en el Castillo de Windsor. Simplemente imaginen que esto fuera posible, y que el mensaje dijera más o menos algo así: “A Fulano de Tal, de tal y tal lugar, se le ordena venir a nuestro palacio real de Windsor. Si no asiste, aténgase a las consecuencias.” Bien, ese hombre sentiría probablemente que una orden así, difícilmente podría ser verdadera. Le daría vueltas, miraría la firma y el sello. Pero si la invitación fuera genuina, lo veo poniéndose en marcha rumbo a Windsor tan rápido como fuera posible. Si hablara sobre el objeto de su viaje y dijera: “voy a ver a Su Majestad,” todos sus acompañantes en ese viaje se reirían. “Es ridículo,” dirían, “¿Cómo puedes ser tan tonto? Es absurdo.” “Pero,” diría él, “la Reina me ordena ir. Vean, aquí están las órdenes escritas por su propia mano. Para qué voy, tan pobre e ignorante como soy, no lo sé, pero, vean, dice, ‘si no asiste, aténgase a las consecuencias’; así pues no me atrevo a desobedecer.” Observen que la propia dureza de la orden, la forma enérgica con que fue expresada, tuvo ante los ojos de este hombre la fuerza de la ley, y de esa manera se convirtió en un estímulo para ir, y le dio fuerzas para ponerse en camino. — Charles Spurgeon.

De igual manera, cuando el evangelio manda al pecador a arrepentirse, le dice en efecto: “Deja que tus cuestionamientos, y tus dudas, y tus temores, todos sean eliminados por el Espíritu, y que el propio mandato del Señor sea suficiente garantía para que vengas a Él.” Puesto que Él te invita a venir, con toda seguridad puedes venir. “Predicad el evangelio a toda criatura”, es el mandamiento de nuestro Señor; “El que cree y es bautizado será salvo; pero el que no cree será condenado”. Se presenta en esta forma para conducirte a que vengas a Cristo, y confíes en que Él te salvará.

b) Se presenta de esta forma para darle ánimo a quien lo proclama.

Es como hacer un milagro; ¡Imagínense! Tenemos que decirle al muerto que viva, lo cual es la cosa más loca que podemos hacer. Pero Dios nos ha pedido que lo hagamos, y lo hacemos, y el muerto vive. Nosotros proclamamos: “¡Sordos, oigan; y ciegos, vean! Para nuestro entendimiento no tiene sentido. Pero Dios nos manda que mandemos a al pecador que crea y se arrepienta. Y nosotros no sabemos cómo sucede; solo oímos su sonido, el viento para acá y para allá.

Esa es, pues, otra razón por la que el evangelio se presenta en esta forma, para que el ministro de Cristo pueda hablar con confianza, dando a los hombres el mandamiento, en nombre de su Señor, que se arrepientan, y crean en Jesús.

c) Para dar el honor a Dios.

El Evangelio no es algo que un igual ofrece a otro igual. Cuando el evangelio dice: “Cree, y vivirás,” no es la voz de un hombre hablándole a otro hombre. Si la rechazas, no estás rechazando la invitación de un hombre, sino la invitación de Dios, el Creador, y el Juez.

Así, es lo más adecuado que el Evangelio no venga como una invitación común, sino que debe venir con toda la fuerza de respaldo que puede tener un mandamiento divino.

Me impactó mucho un testimonio de Charles Spurgeon:

Es muy probable que esté aquí la buena hermana que vino por segunda vez la semana pasada y me pidió que orara por ella, y yo le respondí que no haría nada de eso; y agregué: “Te he predicado el evangelio claramente; te he dicho que, si confías en Cristo, serás salva. ¿Para qué debo orar? ¿Le debo pedir a Dios que haga otro Evangelio que se ajuste a tu capricho, o que te salve de algún modo diferente a la fe en su Hijo? No puedo y no quiero hacer eso. Si dices que no puedes confiar en Cristo, prácticamente haces a Dios mentiroso; y si estás determinada a cometer ese supremo acto de culpabilidad, tu sangre caerá sobre tu cabeza. Me parece que la cosa más terrible del mundo es que un hombre diga: “No puedo creer en Dios”. Muchas veces, cuando se me hace una observación así, he dicho: “Si tú me dices, ‘no puedo creerte’, me sentiría lastimado por tu falta de confianza; pero puedes decírmelo mil veces antes que decirlo una sola vez a Dios, que no puede mentir.

Así entonces, si como pecador se nos manda poner nuestra confianza en el Señor Jesucristo, no necesitamos ver lo que somos, o quiénes somos, o buscar algo bueno o alguna preparación en mí. Tengo la certeza que puedo creer en Jesús, porque se me ordena hacerlo. Para venir a Jesús no hay que traer nada, sino los pecados; y tomar lo que se nos da: el perdón de los pecados y el don del Espíritu Santo. Por eso Lutero decía:

Me miré a mí mismo y vi imposible de salvarme, miré a Cristo y vi imposible de perderme.

Hechos 5. 32Y nosotros somos testigos suyos de estas cosas, y también el Espíritu Santo, el cual ha dado Dios a los que le obedecen.

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