33. Arrepentimiento P

33. El Arrepentimiento | #CEO


Casa de Oración Rancho Nuevo | 29 de Marzo de 2015 | Jonathan García | #CEO

Hechos 5. 27Cuando los trajeron, los presentaron en el concilio, y el sumo sacerdote les preguntó, 28diciendo: ¿No os mandamos estrictamente que no enseñaseis en ese nombre? Y ahora habéis llenado a Jerusalén de vuestra doctrina, y queréis echar sobre nosotros la sangre de ese hombre. 29Respondiendo Pedro y los apóstoles, dijeron: Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres.

30El Dios de nuestros padres levantó a Jesús, a quien vosotros matasteis colgándole en un madero. 31A éste, Dios ha exaltado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados. 32Y nosotros somos testigos suyos de estas cosas, y también el Espíritu Santo, el cual ha dado Dios a los que le obedecen.

Los hombres le rechazan —al menos esa parte de Jesús—, por qué no creen que necesitan un Salvador y por tanto, no tienen una necesidad de perdón. Pueden creer que necesitan un amigo, un héroe, una madre, un padre, o alguien que se preocupa por ellos, y que les ama incondicionalmente —por eso ha “funcionado” este tipo de Evangelio: Dios te ama y tiene un plan maravilloso; que pinta a Jesús como el amigo buena onda, y no como el Príncipe y Salvador que la Escritura proclama.

31A éste, Dios ha exaltado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados.

Desde la semana pasada estamos hablando del contenido del mensaje. ¿Qué debemos predicar cuando compartimos el Evangelio? Bueno, es claro que hay muchas formas, y muchas maneras en las que uno puede comenzar a compartir. Pero lo que no puede cambiar es el contenido y la finalidad del mensaje. Si lo hacemos, estamos trayendo una maldición en lugar de bendición.

Pablo decía que si él mismo, o un mismo ángel del cielo, predica un Evangelio diferente, sea anatema [maldito]. Y no es porque Pablo se levantó de malas y fuera un cerrado de mente; de ninguna manera. Es por el simple hecho de que si predicamos un Evangelio diferente, es muy probable, que le estemos cerrando para siempre la puerta de la Salvación a las personas; en eso hay maldición.

Hemos aprendido que el mensaje comienza con “El Dios de nuestros padres”; y esto habla de qué Dios tiene un Plan, y que ha levantado personas para llevar a cabo ese plan —el Antiguo Testamento es testigo de esto. Plan que llegó a su clímax en Jesucristo de Nazaret —con su muerte y su resurrección—, y que concluirá con la venida en gloria del Cordero de Dios, el Rey de reyes y Señor de señores. Dios tuvo que levantar a Jesús. ¿Por qué razón? Una de las respuestas nos la da el texto que leemos: “…para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados”.

¿Pueden ver la claridad en esto? Para dar a Israel, y a todo el mundo, arrepentimiento y perdón de pecados. No hay nada —en el mensaje del Evangelio— sobre darles riquezas, y un buen trabajo, ni siquiera la finalidad es la salud, que es tan importante y valorada; ¡No! Arrepentimiento para el perdón es lo que vemos. Y no es qué Dios no dé salud; de hecho, lo hace, y hemos visto sanidades muchas veces. Los Evangelios y el libro de Hechos hablan de estas señales que siguen a los que creen; pero son señales, y solo señales.

Aun nosotros, la mayor parte del tiempo tenemos salud, y no la valoramos. También Dios da sabiduría para poder obtener un buen trabajo. Pero todas esas cosas temporales por las que el mundo se desvive, sigue siendo algo secundario. Es decir, de nada sirve tener mucha salud sin Jesús; y gran ganancia es, tener a Jesús aunque no tengamos salud. ¡Estaremos con Él siempre! ¿Qué tanto puede importar tener carencias en esta vida?

La necesidad de arrepentimiento es otro cimiento (2) fundamental de la fe cristiana y es también una de las verdades que más ofenden a las personas. Insisto, pueden aceptar que Jesús los ame, y llegan a “entender” su muerte y su resurrección; la semana santa no la olvidan. Sin embargo, no les puedes hablar de arrepentirse sin que se sientan por lo menos incomodos.

¿Por qué se ofenden? Lo más probable es porque recibieron un Evangelio diferente. Uno que les dice que por haberse bautizado de bebés ya son parte de la Iglesia verdadera. Uno que enseña que no importa lo que haces de lunes a sábado, siempre y cuando comas la ostia el domingo. Uno que para arrepentirte solo tienes que repetir diez padres nuestros. Uno que al pagar ciertas mandas te ganas un lugar en el cielo.

Y al final, el religiosísimo es el obstáculo más grande para aceptar el mensaje del arrepentimiento, mismo que nos lleva al perdón que encontramos en el Evangelio. Las personas que no tienen esperanza son las que no ven su necesidad de arrepentimiento. Las que se creen justas, o buenas, o no tan malas.

I. La necesidad del arrepentimiento (en primer lugar)

El cristianismo trata del reino de Dios, y su mensaje es el Evangelio. Y del mensaje del Evangelio, el arrepentimiento es un pilar importante, es uno de los fines mismos de predicar; así como el hecho de que “El Dios de nuestros padres levantó a Jesús”, ese Plan precisamente para dar arrepentimiento y perdón.

31A éste, Dios ha exaltado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados.

Eh aquí los dos pilares que hemos visto hasta el momento en el Evangelismo. Hemos dicho que los hombres tienen la necesidad de recibir el perdón, de ser reconciliados con Dios, de tener la bendición del Creador.

¿Y cómo la tienen? ¿Cómo entran a su reino de los cielos? La necesidad es de perdón, pero la puerta al mismo es el arrepentimiento. Por tanto, debemos subrayar que el arrepentimiento siempre viene en primer lugar. Es el primer síntoma de vida espiritual.

¿Y por qué no gusta este mensaje del arrepentimiento? Hay varios motivos sin duda, y al mismo tiempo pregunto: ¿Hay algo más difícil que admitir que estamos equivocados? Estamos dispuestos a decir que haremos algo de otra manera la próxima vez, ¡pero hay una gran diferencia entre decir eso y admitir que esta vez estábamos equivocados! Condenamos los pecados de otras personas, pero de los nuestros siempre decimos: “Si la gente supiera toda la historia, no nos culparía. No juzgues”. Haremos cualquier cosa antes que admitir que nos hemos equivocado.

Como decía, toda esta predicación de nuestros días acerca del hecho de que Dios es amor es un indicativo de esa misma actitud. ¡La gente no se arrepiente! Entonces, a alguien se le ocurrió omitirlo —el arrepentimiento— en el mensaje. “¡Listo! Sólo haz una oración y recibe a Cristo quién te ama y haría lo que sea por ti; quiere verte feliz, solo tomará 5 minutos”. Lo malo de esto es que ni nosotros hemos entendido el amor de Dios, que va junto y sin poder sepáralo, de su Justicia y sobre todo, de su Santidad. ¿En qué demostró su amor Dios para con nosotros? No en solapar el pecado, sino en justificarlo.

Aunque no lo expresamos así, estamos omitiendo gran parte del carácter de Dios al pensar así:

No importa lo que sean, ni lo que hayan sido, ni lo que hayan hecho ni lo que quizá hagan, Dios les ama. A nadie se le castigará jamás. Porque Dios es amor. Por tanto, no debemos hablar de rectitud, de Justicia, de Ley, castigo ni condenación: todo eso es un error. ¡Prediquemos del Amor! Bondad, amor unos por otros; es el mensaje.

Y esta es manera muy inteligente, actual y sofisticada de decir: ¡Nada de arrepentimiento! Y así, hacemos al amor nuestro dios. Y no piensen que estoy hablando de la gente de afuera, sino de los mismos protestantes; que por ignorancia y pragmatismo hemos omitido esto. He visto y oído a más de un evangelista que ha dicho, que no necesitamos preocuparnos por el arrepentimiento. Lo que la gente debería hacer es venir a Jesús y aceptarle como su Salvador personal. Y lo hemos oído tanto, que lo creemos como si fuera Palabra de Dios.

Les pondré un ejemplo muy explícito, de esto, de oír tanto algo que pensamos, incluso, que es parte de la Biblia. Me he dado cuenta que la gente dice: “No se mueve la hoja del árbol sin la voluntad de Dios”. Y luego oímos amén. ¿Y qué alguien me diga en qué parte de la Biblia viene? Una vez alguien escribió esto, y luego otros pensaron que es parte de la Biblia; y así hasta nuestros días. No estoy diciendo que algo escapa de la voluntad de Dios; nadie duda de eso. Sino que somos muy descuidados y lo que escuchamos, hablamos, sin antes cerciorarnos si es verdad y si está en la Biblia.

El arrepentimiento es primero. Y si examinamos la Biblia lo podemos comprobar una y otra vez. Desde tiempos antiguos. Ese gran linaje de profetas que Dios levantó en Israel siempre predicó un mensaje de arrepentimiento. Decían: Todos vuestros problemas se deben a vuestra relación incorrecta con Dios: debéis convertíos. “¿Por qué moriréis, casa de Israel? […]; convertíos, pues, y viviréis” (Ezequiel 18: 31-32).

Después, cuando llegamos al Nuevo Testamento, descubrimos el mismo mensaje. El primer predicador del Nuevo Testamento es Juan el Bautista. Después de los días del profeta Malaquías, había habido un gran silencio durante un período de 400 años en que no había ni una palabra por parte de Dios. Pero entonces, de repente, apareció Juan. Y que valioso es poner atención a lo primero que predicó:

Lucas 3. 2y siendo sumos sacerdotes Anás y Caifás, vino palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.

¿Qué Palabra vino?

3Y él fue por toda la región contigua al Jordán, predicando el bautismo del arrepentimiento para perdón de pecados, 4como está escrito en el libro de las palabras del profeta Isaías, que dice:

Voz del que clama en el desierto:

Preparad el camino del Señor;

Enderezad sus sendas.

5 Todo valle se rellenará,

Y se bajará todo monte y collado;

Los caminos torcidos serán enderezados,

Y los caminos ásperos allanados;

6 Y verá toda carne la salvación de Dios.

7Y decía a las multitudes que salían para ser bautizadas por él: ¡Oh generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? 8Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, y no comencéis a decir dentro de vosotros mismos: Tenemos a Abraham por padre; porque os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras. 9Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto se corta y se echa en el fuego.

¿Qué le pasa a este Juan falto de amor y de tacto? ¿Comió algo en la mañana, le hizo daño? ¿Fue las langostas y la miel silvestre? No. Fue la Palabra que vino a Él de parte de Dios. ¿No nos dice algo que el primer mensaje del primer predicador del Nuevo Testamento es el mensaje de arrepentimiento? Y si queda dudasmy seguimos leyendo, llegamos al segundo predicador del Nuevo Testamento. Ni más ni menos que Nuestro Señor Jesucristo, y descubriremos la misma enseñanza en cada uno de Evangelios.

Marcos 1. 14Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, 15diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio.

Esto mismo encontramos en Mateo 4.17, y en Lucas 4 su mensaje les ofendió, de tal manera que querían aventarlo de un monte alto (4.29). Fíjate en la prioridad, el orden en que nuestro Señor puso estas cosas al principio de su ministerio. Pero al final de su ministerio encontramos el mismo mensaje. Después de resucitar se les aparece a sus discípulos:

Lucas 24. 45Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras; 46y les dijo: Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; 47y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén.

Los Apóstoles, pues, únicamente estaban obedeciendo el mandato de nuestro Señor al anteponer el arrepentimiento al perdón de pecados. Ese es siempre el orden. Cuando llegamos a la Iglesia misma, al día de Pentecostés y al sermón de Pedro al pueblo de Jerusalén, esto es lo que leemos:

“Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos?” (Hechos 2:37). Entonces Pedro dice: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo“. (Hechos 2:38).

Más adelante en el libro de los Hechos, Pablo dijo:

“Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos (Hechos 17.30-31)”.

Y nuevamente Pablo declara:

Hechos 20. 20y cómo nada que fuese útil he rehuido de anunciaros y enseñaros, públicamente y por las casas, 21testificando a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo.

¿Dónde está lo difícil o confuso? ¿No podemos entender esto? ¿Por qué hemos abandonado el mensaje del arrepentimiento para el perdón? Este es el mensaje que aparece por todo el Nuevo Testamento. Aquí tenemos, pues, la pregunta que nos confronta: ¿Por qué debe tener el arrepentimiento esta prioridad? ¿Por qué debemos empezar siempre con él, cuando el mundo lo odia y se rebela, lo rechaza y lo considera insultante?

El arrepentimiento es esencial para la salvación. No hay salvación sin él. ¿Pero por qué es esencial el arrepentimiento? Aquí tenemos una respuesta; la respuesta está en otra pregunta importante: ¿Por qué vino el Hijo de Dios, vivió, murió y resucitó? ¿Cuál es el propósito de la salvación? Y la respuesta es, que no es solamente para que nuestros pecados pudieran ser perdonados. La gente tiene esa impresión, pero no es el propósito definitivo.

Sé que puede parecer extraño. Pero pongamos atención. El propósito definitivo de la salvación —antes que solo el perdón— es liberarnos de nuestros pecados; por favor, anótalo, memorízalo, guárdalo. Esto es de suma importancia para cuando Evangelicemos, tengamos claro la finalidad. No es traerlos a la iglesia solamente, y que reciten una oración o canten una alabanza; primero el arrepentimiento.

Quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos [liberarnos] de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras (Tito 2:14).

Es necesario el perdón, sí. Es necesario ser declarados justos delante de Dios, también. Pero el fin es purificarnos, librándonos de nuestras maldades. Por esto vino nuestro Señor Jesucristo.

Efesios 5. 25Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, 26para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, 27a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha.

¿Qué queremos dar a entender al decir que Cristo es nuestro Salvador? ¿Cómo salva? ¿De qué nos salva? Si decimos que necesitamos un Salvador, debe de ser porque nos damos cuenta de que la vida que hemos estado viviendo es incorrecta y pecaminosa, que merece el juicio y el castigo de Dios y el Infierno. ¿Qué queremos decir con “Salvador”? Que nos salva de las consecuencias de nuestras maldades. Pero si somos conscientes de que por eso necesitamos salvación, entonces debemos de tener una nueva idea acerca de nuestra vida y de nuestras acciones pasadas: y eso es el arrepentimiento.

Es, por tanto, imposible creer de verdad en Cristo como Salvador sin arrepentimiento. O, dicho de otra manera, el propósito de aquella muerte en la Cruz fue reconciliarnos con Dios.

Su muerte no solo nos reconcilia con una ley, nos reconcilia con una persona. Y puesto que nos involucramos en una relación personal y puesto que Dios es quien es, porque, como Juan dice: “Él es luz, y no hay ningunas tinieblas en él” (1 Juan 1:15), debemos ser conscientes de inmediato de que para tener esta relación, esta comunión y amistad con Dios, debemos ser como Él. Vemos que tenemos que ser justos, porque no hay comunión entre la luz y las tinieblas; eso es imposible y, por tanto, debemos ser liberados de todo lo malo. Eso es por medio del arrepentimiento; y Dios pone a Jesucristo delante de nosotros y toma su vida justa y castiga en Él nuestros pecados.

Como vemos, pues, de forma muy sencilla, aquí, en Hechos, la primera parte del mensaje del Evangelio es el llamado al arrepentimiento; distinguiendo claramente que aunque no es el Evangelio mismo —las buenas nuevas— es parte integral de ese mensaje. ¿Pero qué comprende el arrepentimiento? ¿Cuál es su significado en el mensaje del Evangelio?

II. ¿Qué es el arrepentimiento?

3341, μετάνοια, ας, ἡ. Arrepentimiento, conversión, cambio de pensar y de actitud.[1]

Primero pensar, y luego cambio de opinión. Y ese es el primer llamado del Evangelio: es un llamado para que los hombres y las mujeres piensen. No insultándolos, diciendo que no piensan bien; ellos piensan, pero en otras cosas de esta vida terrenal. Es un llamado a que piensen sobre algo en particular que no han tomado en cuenta.

Si la predicación del Evangelio no te hace pensar y hacerlo como jamás lo has hecho en toda tu vida, es una predicación muy mala.

El Evangelio dice: “Detente y piensa en estas cosas”. ¿Qué es tu vida? ¿A dónde vas? ¿Todo termina en la muerte? ¿Qué de un Dios Justo y Santo? Piensa ¡Piensa de nuevo! Piensa otra vez. Si no piensas simplemente serás llevado continuamente por tus prejuicios e impulsos, tus pasiones y deseos. El Evangelio dice: Detente y piensa.

Esta palabra griega, metanoia, implica un cambio de opinión. Así que el llamado del Evangelio no sólo es un llamado a pensar, sino también a cambiar de opinión. Debes pensar y debes hacerlo seriamente y a conciencia, pero no te has arrepentido por el mero hecho de haber pensado.

El arrepentimiento significa que, habiendo examinado todas las pruebas, especialmente las dadas en la Biblia, en comparación con nuestras ideas o las ideas del mundo, cambiemos de opinión.

¿Pero con respecto a qué?

a) En primer lugar, cambiamos nuestra opinión acerca de Dios.

“A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que esta en el seno del Padre, él le ha dado a conocer” (Juan 1:18). Por eso vino Cristo. Vino a revelarnos a Dios y dijo: El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Juan 14:9). ¿Es tu idea de Dios parecida a Jesucristo? ¿Qué piensas de Dios? Los incrédulos de Dios siempre están argumentando en su contra diciendo: ¿Si Dios es amor, porque tanto mal? Cosas por el estilo. Arrepentimiento significa cambiar de nuestra opinión acerca de Dios.

b) Y después arrepentimiento significa cambiar tu opinión acerca de ti mismo.

¿Qué nos enseña esta vida qué es el ser humano? Por un lado un animal que solo come y bebe, y por el otro un semidiós digno de todo. Nada se dice que fuimos creados a la imagen de Dios. El arrepentimiento se produce cuando llegas a un verdadero conocimiento de ti mismo y de tu propia naturaleza. Y gran ganancia es darte cuenta de tu necesidad espiritual.

c) El arrepentimiento también te dice que pienses de nuevo acerca de tu vida y de tu muerte.

¿Es la muerte el fin? Eso es lo que piensa el mundo, se convence a si mismo de que la muerte es el fin, de que cuando mueres ha terminado; que no hay más. Pero el Evangelio clama: No, no; ¡piensa otra vez, cambia de opinión! Existe el reino eterno y espiritual, y existe el Juicio de Dios cuando cada uno de nosotros comparezca ante Él. El mundo necesita que se le recuerde el Juicio. Puesto que la gente no tiene ni idea del Juicio de Dios, no tiene, en el fondo, sentido de la responsabilidad.

Solo la perspectiva del Juicio puede hacerle entrar en razón, y la función de la predicación del Evangelio es decirle eso al mundo, y no decir que Dios ama a todos y que, por tanto, todos van a ir al Cielo. Nuestro Señor predicó juicio y las consecuencias de no recibirle.

d) Debes cambiar de opinión respecto al Señor Jesucristo.

Él no es solo un hombre, ni solo el carpintero, ni un alborotador político ni un pacifista. Él es el Señor de gloria, que vino al mundo a salvar a los hombres y las mujeres, a llevar los pecados de ellos sobre sí y soportar el castigo de esos pecados en su propio cuerpo en la Cruz. ¿Qué opinas de Jesucristo? Piensa de nuevo, cambia de opinión, reconócelo. Haz lo que hizo Tomás, aunque te tardes como él, caer a sus pies y decir: “¡Señor mío, y Dios mío!” (Juan 20:28).

e) Piensa de nuevo en tu modo de vida.

No sigas considerando la vida solo como algo que debes disfrutar nada más. Considérala como un peregrinaje real, una preparación para el Cielo y para la gloria eterna y perdurable. Arrepentimiento significa pensar y cambiar de opinión. Aunque el arrepentimiento es un cambio de opinión, surge del corazón; del corazón vienen todos los pensamientos y sentimientos.

Ese pensar, debe penetrar lo más profundo y sacudir los cimientos mismos de nuestro ser; ese cambio se da en el corazón y se expresa en el pensamiento, cambiando de opinión: sobre Dios, sobre nosotros mismos, sobre la vida, la muerte y el Juicio de Dios, sobre el Señor Jesucristo y sobre el propósito de esta vida. Hay una pena real, una tristeza, un compungimiento de corazón.

Así lo expresa el profeta Joel:

Joel 2. 12Por eso pues, ahora, dice Jehová, convertíos a mí con todo vuestro corazón, con ayuno y lloro y lamento. 13Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos, y convertíos a Jehová vuestro Dios; porque misericordioso es y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia, y que se duele del castigo.

De alguna manera todos estamos dispuestos a rasgar nuestros vestidos; pero es solo temporal. Es un remordimiento del momento, y pasa el peligro y volvemos a lo mismo. El arrepentimiento es algo profundo en verdad, que incluye lloro y lamento regularmente y un abandono de ese camino. Esencialmente, arrepentimiento es odiar el pecado. Si algo caracteriza a una persona arrepentida, es la disposición para con Dios. Es un síntoma de vida, ver el pecado tan real, tan terrible.

Los que amáis a Jehová aborreced el mal (Salmo 97:10). Esa es la marca del arrepentimiento verdadero. Wilham Cowper escribió:

Odio el pecado que te hirió

Y de mí te apartó.

Pero aunque el arrepentimiento no signifique un fin inmediato a nuestro pecar, sí significa que ya no viviremos en paz con nuestro pecado. Muchos cristianos batallan duramente contra esta idea del arrepentimiento porque de alguna manera esperan que si se arrepienten genuinamente, el pecado se irá y la tentación se detendrá. Pero cuando eso no sucede, se desesperan, y cuestionan si su fe en Jesús es real. El arrepentimiento genuino es fundamentalmente una cuestión de la actitud del corazón hacia el pecado, y no tan sólo un cambio de comportamiento.

— Greg Gilbert

La diferencia entre un hombre inconverso y un converso no es que uno tenga pecados y el otro no; sino que uno toma partido con sus pecados atesorados que están en contra de un Dios temible, y el otro toma partido con un Dios reconciliado que está en contra de sus pecados odiados.

— William Arnot

Pensamos, cambiamos de opinión y nos sentimos afligidos por lo que hemos sido y por lo que hemos hecho, pero el siguiente paso es que lo reconocemos; y eso es lo difícil. Pero cuando vemos la profundidad de nuestro pecado, no tenemos problema en reconocerlo.

“Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos” (Salmo 51:4). Como el publicano en la parábola de nuestro Señor, decirnos: “Dios, sé propicio a mí, pecador” (Lucas 18:13). Así es. Confesamos nuestro pecado a Dios. Ya no nos preocupamos por nuestra propia reputación. Pero hay aún más. Hay un paso final.

f) El arrepentimiento quiere decir que actúas en relación con lo que ahora has empezado a creer.

Al haber visto que vivías en el error, abandonas esa vida y empiezas a vivir exactamente al contrario. El apóstol Pablo recalca esto muy claramente en su primera carta a los Tesalonicenses, probablemente la Primera Epístola que escribió. Aquí tenemos un resumen estupendo de todo el mensaje del Evangelio: “Ellos mismos cuentan de nosotros la manera en que nos recibisteis, y cómo os convertisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero” (1Tesalonicenses1:9). Ese es el último paso en el arrepentimiento. Y no es que uno pueda en las fuerzas abandonar el pecado; pero todo comienza con ese nuevo deseo de lucha contra ese pecado. Dios se encarga de los demás; por eso nos da el Espíritu Santo.

El camino al Infierno está pavimentado de buenas intenciones. Un hombre se convence, quizá escuchando un sermón y dice: “Sí, me doy cuenta de que estoy equivocado. Verdaderamente, tengo que hacer algo al respecto”. Pero si no lo hace, no se ha arrepentido. El arrepentimiento incluye levantarse y renunciar a los ídolos —en este contexto.

El llamado al arrepentimiento para ti significa, pues, que te vuelves de una vida de oposición a Dios que está basada en lujurias y deseos. Renuncias a eso y te vuelves a Dios. Buscas su rostro y empiezas a adorarle. Intentas servir al único Dios vivo y verdadero. Esa es la esencia misma del arrepentimiento.

Pero, finalmente, ¿Qué conduce al arrepentimiento? ¿Qué lo origina?

Ya hemos aprendido lo que sucede cuando hay arrepentimiento. Pero ahora sigue, ¿qué es lo que lo provoca? Cuando Dios ordena algo, pone los medios necesarios. Y es que en nuestras fuerzas solo lograríamos un querer hacerlo, pero no un poder hacerlo. Perseverar hasta el final y mantenerse firme en ese cambio de opinión y de actitud, no es algo que podamos hacer en nuestras fuerzas. Pero Dios es bueno, y ha puesto todo lo necesario.

“A éste, Dios ha exaltado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar […] arrepentimiento…”. Pablo escribe:

¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento? (Romanos 2:4). La benignidad de Dios es nuestra única esperanza.

Hechos 5. 32Y nosotros somos testigos suyos de estas cosas, y también el Espíritu Santo, el cual ha dado Dios a los que le obedecen.

Y eso es lo que veremos la siguiente semana. Por lo pronto hemos visto que el contenido del mensaje debe hablar de ese Plan de Dios desde la antigüedad, “El Dios de nuestros padres, levantó a Jesús […] para dar arrepentimiento”. No comienza con la Cruz. Porque ese Plan Dios, lo tuvo desde antes del fundación del mundo; anunciado, tipificado, profetizado y cumplido. Ese Plan nos lleva a un arrepentimiento, que es la puerta del perdón y a la vez el inicio de una vida espiritual. El perdón nos reconcilia con Dios, y Dios se asegura que terminará la obra, pues le da a su Espíritu.

¿Tienes claro este mensaje primordial y esencial? ¿Te has dado cuenta de que todo lo que pensabas acerca de ti mismo y de tu vida, acerca de este mundo y de la muerte, acerca del mundo venidero y de Dios y la eternidad, estaba todo equivocado?

Los hombres y las mujeres, hechos a imagen de Dios, estaban perdidos a causa de su rebelión, pero el Hijo de Dios fue enviado al mundo para salvarlos, para redimirlos, para comprar su perdón, para reconciliados con Dios, para darles una nueva naturaleza y un nuevo nacimiento y para prepararlos para el gozo y la felicidad eternos en la presencia de Dios por toda la eternidad.

—Martyn Lloyd-Jones.

[1] Tuggy, A. E. (2003). Lexico griego-español del Nuevo Testamento (pp. 614–615). El Paso, TX: Editorial Mundo Hispano.

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