30. Temor a Dios | #CEO


Casa de Oración Rancho Nuevo |08 de Marzo de 2015 | Jonathan García | #CEO Hechos 5. 11Y vino gran temor sobre toda la iglesia, y sobre todos los que oyeron estas cosas. 12Y por la mano de los apóstoles se hacían muchas señales y prodigios en el pueblo; y estaban todos unánimes en el pórtico de Salomón. 13De los demás, ninguno se atrevía a juntarse con ellos; mas el pueblo los alababa grandemente. 14Y los que creían en el Señor aumentaban más, gran número así de hombres como de mujeres;

Hemos estado estudiando acerca de la dramática historia de Ananías y Safira, de la cual hemos aprendido algunas cosas importantes de lo que era aquella iglesia; de cómo nació, como comenzó a crecer, de cómo continuó avanzando y extendiéndose el mensaje del Evangelio.

1. Señales y prodigios

En estos versos, se nos habla del efecto inmediato que causó la muerte de esta pareja: “Y vino gran temor sobre toda la iglesia”; luego “Y por la mano de los apóstoles se hacían muchas señales y prodigios en el pueblo”, Dios utilizando todo esto para sus propósitos; finalmente “ninguno se atrevía a juntarse con ellos; más el pueblo los alababa grandemente. Y los que creían en el Señor aumentaban más”.

En otras palabras, si queremos saber cómo fue que este pequeño grupo de hombres y mujeres, de repente se han convertido en una fuerza tan grande, parte de la respuesta la encontramos en esto que aconteció: “el temblor del edificio, la venta de propiedades de manera que no había ningún necesitado, las muertes de Ananías y Safira, estas señales y prodigios, por mano de los apóstoles”. Es una parte fundamental de la explicación, y no olvidemos que el libro de Hechos, es un libro de Historia, de lo qué es el cristianismo, que Lucas escribió para Teófilo.

Teófilo era un hombre culto, capaz, un gentil —un no judío— que quería saber lo que era el cristianismo, razón por la cual Lucas comenzó a investigar de las cosas que sucedieron desde el principio, para escribirlas de una forma ordenada; tanto el Evangelio de Lucas como Hechos, es un solo tomo que nos narra de las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar. Y esto que está narrando Lucas, es parte de la gran explicación de lo que es el cristianismo, y porque comenzó a expandirse de tal forma.

Son acontecimientos anormales, que definitivamente tenemos que decir que Dios estaba en ellos actuando; ningún ser humano puede provocar tales cosas. No son sencillas de explicar en términos humanos, a menos que Dios haya intervenido. Como hemos dicho anteriormente, no se puede explicar la expansión y supervivencia de la iglesia cristiana sino es porque Dios está detrás de ella. Después de cientos de años, a pesar de la debilidad y las tantas denominaciones, la iglesia cristiana sigue en pie. Esto es obra de Dios.

Mucha gente puede aceptar que haya un Dios, pero no puede aceptar los milagros que vemos en las Escrituras; cuestionan, de una manera interesante, del porqué en la actualidad ya no vemos este tipo de señales y prodigios. Es una pregunta interesante, no sólo para los que niegan la verdad, sino para nosotros como iglesia. ¿Por qué no vemos estas cosas hoy? ¿Por qué no vemos milagros que no dejen lugar a dudas, y que causen temor a los que los ven?

Es una pregunta muy seria y digna de una cuidadosa respuesta. Los apóstoles anteriormente cuando la gente los miraba y casi adoraba, fueron cuidadosos en responder que no fue por su poder o piedad que el cojo fue sano (Hechos 3.12). “No fuimos nosotros. Solo fuimos instrumentos de Dios”.

Una respuesta a la fácil, que da un parte del protestantismo, es que esos dones solo existieron en los tiempos de los apóstoles; es decir, ya caducaron, y no son para nuestros días. Los dones sobrenaturales han cesado, dicen. Quiero ser honesto y justo, ellos están interesados en asegurarse de que ningún cristiano se atribuya los milagros a sí mismo. Y es que hay muchos estafadores en la actualidad, que la gente les llega casi a idolatrar; se presentan como milagreros, y la gente los tiene como que ellos obran milagros por sí mismos. En esto les doy la razón. Sin embargo, los dones de Dios han continuado, y la historia nos da la razón.

Que quede claro, nunca ningún hombre de Dios ha podido producir un milagro cuando él lo quiera.

Todos los dones del Espíritu, son dados por él, y obrados con un propósito específico, que el Espíritu misma revela y capacita. Es lo que Pedro y Juan dijeron: “No somos nosotros, por nuestro poder o piedad”. Cuando ellos obraron milagros fueron investidos por el Espíritu más allá de sus propias fuerzas y de su propia voluntad. Más adelante en la historia, vemos como Pablo no fue sanado aunque rogó, ni él pudo sanar a algunos de sus colaboradores; simplemente no estaba en los propósitos de Dios.

Esta es una de las razones por lo que no vemos estas cosas frecuentemente, porque si dependiera de cuando la iglesia quiere obrarlos, todo sería un relajo; somos humanos, y nos envaneceríamos, y habría una idolatría como nunca la hubo. Dios guarda a su iglesia de estas cosas; por eso, y por algunas razones que no conocemos, Dios acorta su brazo milagroso.

El poder está en manos de Dios y no de los apóstoles.

Así siempre ha sido, y así es hoy. Eso expresaron en todo el Nuevo Testamento estos hombres que en alguna ocasión fueron instrumentos, y por su mano, obraron milagros. Dice Pablo:

2 Corintios 4. 7Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros.

Hebreos 2. 4testificando Dios juntamente con ellos, con señales y prodigios y diversos milagros y repartimientos del Espíritu Santo según su voluntad.

Si volvemos al Antiguo Testamento, vemos que hay diversidad en cuanto a las formas que Dios usa a sus siervos, especialmente a los profetas. Los más activos y vistosos fueron Elías y Eliseo, y sin embargo, en los demás profetas no vemos estos milagros. ¿Por qué? Bueno, tanto Elías como Eliseo fueron los primeros de los profetas, y de alguna manera Dios comienza a llamar la atención al principio, encaminándolos a escuchar el mensaje, que es a donde apuntan los milagros. Así fue también en el Éxodo de Egipto con Moisés.

También esto lo podemos ver en la larga historia de la Iglesia, que de vez en vez Dios trae un despertar, o un avivamiento, y estas señales vuelven a ser frecuentes en su inicio. Y luego, disminuye su frecuencia, pero nunca desaparece por completo ese “poder especial” de Dios.

La respuesta del porqué no vemos estas cosas con frecuencia en la actualidad sigue estando en la voluntad de Dios; podemos percibir que es la forma que Dios ha actuado desde el principio. Cuando quiere librar o tratar a su pueblo muestra sus señales, y después les da su Palabra; que es a lo que en realidad Dios nos quiere llevar, a una Verdad. Lejos de preocuparnos de que no vemos milagros frecuentes, deberíamos de fortalecernos; pues nosotros no podemos ordenar estas cosas, están en sus manos.

Los milagros no son la causa de la fe, sino una simple seña que apunta a una realidad mejor.

Eso fue lo que el Maestro enseñó en Lucas 16 acerca del rico y Lázaro, ¿Recuerdan?

Lucas 16. 27Entonces le dijo: Te ruego, pues, padre, que le envíes a la casa de mi padre, 28porque tengo cinco hermanos, para que les testifique, a fin de que no vengan ellos también a este lugar de tormento. 29Y Abraham le dijo: A Moisés y a los profetas tienen; óiganlos. 30Él entonces dijo: No, padre Abraham; pero si alguno fuere a ellos de entre los muertos, se arrepentirán. 31Mas Abraham le dijo: Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los muertos.

Esto es algo muy contundente, que debe dejarnos claro, que no son los milagros los que convencerán, sino su Palabra viva. Todos los milagros, o los testimonios de la vida de los santos, son solo un canal que apuntan a la Verdad del Evangelio y nunca la causa de que alguien crea. “Para que su fe no sea fundada en la sabiduría de los hombres, sino en Dios”.

No por vista, sino por fe

Los milagros no producen resultados automáticos. De hecho en este pasaje que estamos estudiando, muchos seguían sin creer en Jesucristo. Los gobernantes, se llenaron de celos, dice la Escritura. Es interesante que la Escritura siempre enfatiza en el oír y no en el ver. ¿Se han percatado de eso?

“Al oír estas palabras Ananías expiró”. “Y vino un gran temor sobre todos los que oyeron”. “Vino gran temor sobre toda la iglesia, y sobre todos los que oyeron estas cosas”. “Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente”. “La fe viene por el oír”.

Por el contrario, hay reprensión para aquellos que andan por “vista”. El ejemplo de uno de los apóstoles, tomas es muy claro. Dice: “Si no viere en sus manos la señal de los clavos y metiere mi mano en su costado, no creeré”. Jesús responde: “Bienaventurados los que no vieron y creyeron”.

Entonces, la gran pregunta no es si hemos visto tales cosas, sino si hemos entendido su significado.

Cualquiera puede ver, pero el oír [entender] no. El propósito de estos milagros o de estos acontecimientos es hablarnos, llevar un mensaje. Una señal no busca hablar de sí misma, sino apuntar a algo.

Piensa en una señal de carretera, vemos una imagen de un “tope” y una leyenda que dice “100 m”. La señal —el anuncio de lámina pintado de amarillo con negro— no es el tope, y debemos quedarnos mirando ese anuncio, sino en poner atención que en unos metros adelante, debemos detenernos. ¿Se dan cuenta? Ese es el papel de los milagros, y muchas veces nos quedamos mirando hacia ellos. Es algo inútil.

Ese es el trabajo para nosotros —funcionar como señales—, hablar de aquellas cosas que apuntan a Cristo. Aunque no las vimos, fuimos informados que al final del camino hay un precipicio, y estamos condenados a caer; pero hay un Salvador, y solo debemos tomar de su mano, para no caeremos en aquel precipicio. Esa es la señal que debemos dar. Apuntando a la realidad.

2. La reacción correcta

Leemos que no todos creyeron ante estos milagros, no todos reaccionaron de la misma forma. Es la reacción ante un mensaje lo que puede describir quién es cristiano y quién no. Este es un mensaje que va a cumplir 2 mil años, y siempre hace que la humanidad se divida; hay quienes creen y quienes no creen, quienes son añadidos al Señor y quiénes no.

¿Qué les sucede a los que se convierten en cristianos verdaderamente? ¿Cómo es que reaccionan?

a) En primer lugar, estos acontecimientos despiertan temor.

“Vino gran temor sobre toda la Iglesia, y sobre todos los que oyeron estas cosas”.

Debo aclarar que no se trata de infundir miedo y vender a la gente el evangelio del temor. El objetivo principal de predicar el Evangelio, no es generar temor. El temor es siempre el resultado de algo más. Ese “algo más” es lo que en realidad preocupa. Por tanto, tratar de obligar —por medio del miedo— a alguien para que crea en el Evangelio, es algo inútil y anti bíblico. Debemos tener cuidado con eso.

Lo importante y el objetivo de Lucas al presentar estos hechos, es que fueran conocidos; él no estaba tratando de impresionar o asustar a Teófilo, solo estaba contado la verdad; ese era su meta. Prácticamente Lucas estaba siendo un reportero. Simplemente reportando los hechos y presentándoselos a su amigo. El propósito de presentar estos hechos es hacernos pensar y reflexionar, para finalmente salvarnos de aquel “precipicio”; y no para conseguir clientes para la “nueva religión”.

Es una causa muy noble hacer advertencias a la gente. ¿Es malo que un hombre que se da cuenta en la carretera de un precipicio, se baje de su auto y comience a decirle a la gente que se detenga? ¿Su propósito es asustarlos y tener la razón? Por su puesto que nadie piensa eso en sus cinco sentidos; hasta lo agradecen. Eso es lo que hace uno que comparte el Evangelio; su propósito no es asustar ni tener la razón, sino librar de tal peligro.

Así como el medico tiene la obligación de decirle al enfermo la verdadera gravedad de su enfermedad, e indicarle el tratamiento —por ejemplo, que es necesario operarse de inmediato; así nosotros, tenemos la necesidad de decirle a la gente la gravedad del pecado, y su verdadero tratamiento. Sin embargo, es difícil, la gente no logra separar y no ve esta realidad. Que los hechos que predicamos, lo hacemos para librar y no para llevarlos de una religión u otra.

Ningún paciente arriesgaría su vida terrenal contestando al médico: “No, no quiero una operación, estoy seguro que mañana se me pasa”. En su necedad, quizá iría con otro médico, pero este le diría lo mismo. Y le insistiría que si lo deja para después, podría ser demasiado tarde. Pero el paciente insiste que no ve la necesidad de la operación. ¿Es injusto que el doctor siga insistiendo la gravedad y le advierta que si deja pasar, puede causarle la muerte? Claro que no. El doctor no quiere causar temor, quiere librarlo. Así es el sembrador que sale a sembrar.

El temor por sí solo no tiene ningún valor; no causará en la gente un genuino arrepentimiento; solo paralizará, y llenará de pánico. No hace reflexionar, y no tiene ningún efecto positivo sobre el oyente. Pero cuando el temor es entendido, es un gran indicador. Señala algo que tienes que hacer con seriedad. Bajar la velocidad, tomar el otro camino, etc.

El texto nos dice: “Vino gran temor sobre toda la Iglesia, y sobre todos los que oyeron estas cosas”. La Iglesia misma se llenó de temor, y yo recalcaría que el temor es parte esencial de la verdadera experiencia cristiana. ¿Por qué razón creemos en el Señor Jesucristo como “el Salvador”? ¿De qué nos salvó? ¿Por qué venimos a Él? La misma palabra “Salvador” indica la gran realidad de ser cristiano o no. Salvo o no salvo. ¿De qué? De la ira venidera. El día terrible de Yahvé.

Hechos 2. 40Y con otras muchas palabras testificaba y les exhortaba, diciendo: Sed salvos de esta perversa generación.

Ser salvo es darse cuenta de haber estado perdido, bajo la condenación de la Ley y en camino al infierno. Por eso decimos: fuimos salvados. No podemos estar seguros de que la experiencia ha sido verdadera, sino existe el temor en un principio. No un temor que lleva al castigo, sino el temor que hace a los hombres y mujeres a huir de tal peligro.

Es como estar en un edificio, y oír una alarma contra sismos. Es más que natural que exista el temor al oír de la alarma; el temor es lo que llevará a huir de ese lugar y estar a salvo. El pánico es lo que paralizará y no llevará a huir, y si el sismo es fuerte, seguramente morirán.

En el Evangelio, es ese temor el que nos hace correr al Salvador; es parte del arrepentimiento. Para esto se presentan estos hechos que estamos estudiando. Para considerar lo que significan, cuál es su trascendencia, y que es lo que deberíamos de hacer. Nunca para asustar.

b) Este temor lleva a la fe

Esto nos lleva a una segunda verdadera respuesta a estos acontecimientos. Un cristiano conoce el temor, pero no se detiene en eso. También responde con fe.

“Y los que creían en el Señor aumentaban más, gran número así de hombres como de mujeres”.

Los milagros apuntan a un Dios poderoso. Pero quienes se detienen en los milagros están equivocados. Los milagros son instrumentos para llevarnos a una confrontación hacia la verdad, y aceptarla.

Al contarnos lo que pasó, Lucas no está queriendo promocionar a hombres con nuevas ideas, y que fueron muy capaces de expandir la nueva religión; sino demostrar, que esto que comenzaba, estaba cimentada en el poder de Dios. Los hombres no pueden hacer tal cosa, Dios sí.

Cuando leemos en los 4 Evangelios acerca de los milagros de Jesús, el resultado casi invariable en primer lugar es, que la gente se llenaba de temor. Después algunos glorificaban a Dios.

Los primeros cristianos eran hombres y mujeres como nosotros, pero estaban en un mundo en el que sucedieron cosas de arriba, donde el Espíritu descendió y los hombres fueron transformados, donde un edificio tembló y donde una pareja cayó muerta. Todo esto los llevaba a pensar, ¿qué soy yo? ¿Y quién está detrás de todo esto? De esto se trata este libro, de recordarnos que Dios está encima de todo, recordarnos su grandeza y su gloria. Que nosotros somos débiles y muy pequeños comparados con Él.

El propósito de Dios, a través de Lucas, es llevarnos al temor y la reverencia; es decir, a detenernos y con cuidado y prontitud, pensar en esto: ¿Qué estoy haciendo en este mundo? ¿Cuál es mi propósito? ¿Quién es este que hasta el viento le obedece?

Esto que le pasó a Ananías y Safira debe llevarnos a pensar, que aunque no muramos como ellos, la muerte es algo de lo que no podemos huir, y un día tendremos que enfrentar eso. Un día estaremos delante de Dios en el Juicio. Pero lo más importante es, que estos hechos nos llevan al mensaje del Evangelio, el mensaje que los apóstoles están predicando. Hombres sin letras y del vulgo, ahí estaban, haciendo milagros.

“Por la mano de los apóstoles se hacían muchas señales y prodigios en el pueblo”, incluso se dice que las personas “sacaban los enfermos a las calles, y los ponían en las camas y lechos, para que al pasar Pedro, a lo menos su sombre cayese sobre alguno de ellos”.

Muy seguramente había superstición en la gente, en cuanto a la sombra de Pedro. El pasaje habla acerca de los milagros por mano de los apóstoles. Esto es verdad. Sin embargo, es importante enfatizar lo que ya nos ha dicho Pedro y Juan en la ocasión anterior, “no es por nuestro poder o piedad”, si ellos no tienen el poder en sí mismos, mucho menos la sombre de Pedro. El Espíritu los llena para hacer milagros en determinado momento y para propósitos eternos. No estaba en ellos el obrar los milagros cuando querían.

Recapitulando, la primera reacción es el temor; estás convencido de tu pecado y del peligro venidero. Pero no te detienes ahí. Después viene el mensaje que dará la salida, y pasarás del temor a la fe.

Todo esto llevaba a “Los que creían en el Señor aumentaban más”. Allí no dice que se llenó la iglesia solamente, dice “los que creían”. Es decir, eran conversiones genuinas, y no solo emoción.

…y estaban todos unánimes en el pórtico de Salomón. 13De los demás, ninguno se atrevía a juntarse con ellos; mas el pueblo los alababa grandemente.

¿Quiénes son los demás que no se atrevieron a unirse? Había muchas personas que se dejaban llevar por la curiosidad, solo se impresionaron por los milagros; incluso, sacaban a los enfermos para que fueran sanados; pero no se atrevían a unirse. Siempre ha habido gente así a lo largo de la iglesia. Siempre son atraídos cuando hay movimiento, multitudes, si sucede algo extraño o inusual; esa curiosidad siempre hará que se acerquen, pero nunca se unen. No perseveran. No son constantes. Llegan a dar la impresión que son verdaderos creyentes, y ellos mismos piensan que lo son, pero no es así. Solo fueron atraídos superficialmente.

Antes de que sucediera lo de Ananías y Safira, todo iba bien, color de rosa. Un cojo sanado, y ese grupo que daba sus propiedades para que no hubiera ningún necesitado. Ellos eran atraídos por eso. Habían encontrado algo bueno. Pero, como es normal, cuando vienen las “pruebas”, se van. Estos seguramente cuando se enteraron o vieron la muerte de esta pareja, dijeron: “Ahí nos vemos, ¡Que duro es esto!”

Esto me recuerda cuando muchos de los discípulos del Señor volvieron atrás, diciendo: “Dura es esta palabra, ¿Quién la puede oír?”. Y Jesús les pregunta a las doce, ¿Ustedes también quieren irse? Siempre los discípulos artificiales se van al primer disgusto. No estoy hablando de irse de una congregación a otra —eso es solo inestabilidad—, sino de irse de una congragación a ninguna. Así es el poder de Dios, siempre separa lo falso de lo verdadero.

El poder de Dios causa distintas reacciones como aquí vemos; algunos estaban enojados y celosos, otros aterrados, y estos no se unían debido a ese terror. Pero a los que creyeron, el Espíritu abrió su entendimiento, para que ellos estuvieran atentos al mensaje, y recibieran al Espíritu Santo.

Por eso, insisto una vez más, no asustemos a la gente para que entre al reino de Dios. Ni procuremos llevarlos a una decisión, sino anunciar la verdad, esta es la que por medio del Espíritu hará que los hombres vengan a Dios de todo corazón y no solo por necesidad o conveniencia. Insistir en la verdad, que posiblemente causará temor, porque nos interesa que no caigan en ese precipicio, sino que sean salvos. No se trata de asustar y tener la razón, sino de tener misericordia de ellos, compasión de la miseria.

Los que creyeron no estaban asustados por el temblor del edificio o la muerte de esta pareja. Sabían que se trataba del poder de Dios, pero ahora sabían, que el Evangelio es el poder de Dios para Salvación. Antes habían tenido temor de las autoridades, ahora no temían a los hombres. Tenían temor de Dios. Pero era un temor distinto. Sentían reverencia y respeto. En lugar de entrar en pánico y paralizarse, fueron atraídos a Dios. Sabían que ese Dios poderoso que hacia estas cosas, también había mandado a su Unigénito Hijo, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga la vida eterna (Juan 3.16).

Este temor debe darnos confianza, pues el principio de la sabiduría verdadera es el temor al Señor. Un temor lleno de respeto, de cuidado, de escuchar sus palabras con atención, su consejo, sus advertencias, sus mandamientos; esa verdad que desata a los cautivos y los lleva a Dios y la Salvación eterna. Que Dios cause en nosotros como en Isaías en aquella visión, un temor al ver su Santidad…

Isaías 6. 1En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo. 2Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban. 3Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria. 4Y los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo. 5Entonces dije: ¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos.

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