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¿Cómo no me va a interesar? — Mártires cristianos


Asif, Pakistán [2001].

«Asif» estaba despreocupado mientras aceleraba su motocicleta por la calle de su pueblo paquistaní. Disfrutaba cuando las jóvenes notaban cómo iba a toda velocidad. En la tradicional cultura musulmana de Pakistán, la mirada abierta sería muy inapropiada, pero con todo Asif podría decir cuándo lo habían visto. Era joven y se sentía poderoso mientras conducía, disfrutando el ronroneo de su motocicleta en sus oídos y sintiendo cómo los neumáticos se aferraban a la carretera. Sonreía y giraba el acelerador para darle a la moto un rápido aumento de velocidad. 

De repente, donde había estado el bello cielo, solo vio oscuridad, y donde su motocicleta había corrido por debajo de él, ahora sentía como si volara sobre su cabeza. Durante los próximos segundos, todo eran nubes de polvo y giros. La siguiente cosa que supo fue que yacía de espaldas con su motocicleta a su lado en la tierra, su motor convulsionando y luego muriendo. Escuchó el eco de los neumáticos que rechinaban cuando el auto que lo golpeó huía a toda velocidad. Nunca lo llegó a ver. Entonces notó el punzante dolor que le atravesaba la pierna. Cuando la miró, podría decir por la manera en que su pie le molestaba por el lado dañado que estaba fracturado. Trató de mantener la calma, pero el pánico se apoderaba de su corazón y quería gritar.

Antes de perder su compostura, no obstante, sintió una reconfortante mano sobre él. Una mujer salió de la multitud de transeúntes que pasaban y se arrodilló a su lado, poniendo la mano en su pierna. Estaba calmado por el momento y se sorprendió cuando ella comenzó a orar. En medio del dolor, Asif escuchó el nombre de Jesús en su oración. A pesar de su inmediato agradecimiento de que alguien se hubiera detenido para ayudar, una ola de ira lo invadió con la mención de ese nombre. ¿Cómo puede esta mujer orar a Jesús, un simple profeta? ¿No sabe ella que soy un musulmán, un seguidor de Mahoma, el profeta más grande? ¿Por qué no le está orando a Alá? 

Sin embargo, Asif de repente se distrajo de su ira por una energía que sintió que le corría a través de su cuerpo mientras ella oraba. Su cólera comenzó a desaparecer a medida que su pierna se enderezaba sola y el hueso volvía a su lugar. Al final, se sentó y examinó con detenimiento su pierna. Estaba ilesa por completo. Cuando se paró, notó que tampoco había dolor. Recogió su moto y se fue andando hasta el hogar. Algún tiempo después, la misma mujer le llevó una Biblia. Nunca más la había visto después de eso.

Anhelante de conocer más acerca de este profeta que sanó su pierna, comenzó a leer la Biblia, sobre todo el Nuevo Testamento y los milagros de Jesús. A Asif le abrumaba esta pregunta: Si Jesús era en verdad uno de los muchos profetas, ¿cómo podía realizar obras tan asombrosas? Sé que a la tierra han venido muchos profetas, pero ninguno con el poder de Jesús. Asif estaba tan perplejo por la manera en que un profeta menor como Jesús lo podía sanar dos mil años después de su muerte que le llevó sus preguntas al mulvi (líder religioso) en su mezquita.

«¿Por qué estás hablando acerca de Jesús?», se burló el mulvi. «¿Tienes algún interés en él?» «¿Cómo no me va a interesar?», respondió Asif con incredulidad. «Él me sanó».

El mulvi y otros en la mezquita se llevaron a Asif y lo encerraron en una habitación. Le hicieron bajar veneno por su garganta pensando que si moría antes de aceptar por completo a Cristo, todavía alcanzaría el Paraíso. Lo dejaron toda la noche para que el veneno hiciera efecto. Asif se sintió enfermo y pensaba que se estaba muriendo. Vomitó en repetidas ocasiones y expulsó sangre. Sin embargo, alrededor de la medianoche, Asif descubrió que seguía apenas con vida y que yacía en el polvo, endurecido con su sangre y vómito. La habitación estaba oscura y él no tenía fuerzas para levantarse.

No sabía qué otra cosa hacer, así que oró. Llamó a Jesús y le dijo que deseaba verlo antes de morir. Antes de darse cuenta, una brillante luz llenó la polvorienta habitación. De repente, Asif se sintió un poco mejor y se obligó a ver lo que estaba causando la luz. Ante él se paró Jesús. Fue en ese momento que Asif rindió el resto de su vida al Señor, diciendo: «Dios, esta vida es para ti; mientras esté en la tierra, trabajaré para ti».

En algún momento antes del amanecer, Asif logró escapar y alcanzó su camino al hogar.

Cuando a la mañana siguiente trató de contarles a sus padres la experiencia, no se mostraron impresionados: «Tú eres un musulmán», le dijeron sus padres. «Si aceptas a Jesús, debes abandonar esta casa». De modo que Asif no tuvo otra opción. Tomó su Biblia y se marchó. Se fue a una gran ciudad donde conoció a un pastor en una librería cristiana.

El pastor discipuló a Asif y más tarde lo bautizó. Desde los primeros momentos de su nueva fe, Asif sintió un gran deseo de contar quién era Jesús y lo que hizo por él a esos que le rodeaban, sin tener en cuenta sus antecedentes religiosos. Debido a esto, sus problemas con la policía y los líderes de la ciudad comenzaron casi de inmediato.

«Un patrón [líder de la ciudad] vino y me dijo: ¿Adónde va usted? ¿Y por qué está predicando este evangelio? Esos son musulmanes. ¿Por qué ellos están aceptando a Jesús?»

Viendo que Asif no se inmutaba, este patrón y algunos otros musulmanes se lo llevaron y lo golpearon con unas pesadas cañas de azúcar. Les daban puntapiés en su pierna y se la fracturaron de nuevo. Mientras le aporreaban el cuerpo, gritaban: «iPerro! iEscoria despreciable! ¿Por qué viniste aquí y haces cristiana a nuestra gente?». Le ordenaron a Asif que abandonara la ciudad de inmediato. A pesar de sus muchas amenazas, él se negaba. Mientras lo estaban golpeando, él oraba por ellos: «Por favor, Dios, cambia sus mentes y sus corazones». Entonces clamó a Dios que lo ayudara y le diera fuerza.

Varias semanas más tarde, después que Asif se recuperó de sus daños, los patronos y la policía clausuraron una reunión donde Asif testificaba de nuevo acerca de Jesús. A Asif lo llevaron a la estación de policía donde lo golpearon con severidad. Cuando le preguntaron a Asif cómo soportaba esto y no se desalentaba, él citó Filipenses 1 :29 (DHH):

«Por causa de Cristo, ustedes no solo tienen el privilegio de creer en él, sino también de sufrir por él».

Asif continuó evangelizando en todo momento y en cualquier parte que tenía la oportunidad.

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