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23. No lo podemos callar

 Casa de Oración Rancho Nuevo | 11 de Enero de 2015 | Jonathan García | #CEO

23. No lo podemos callar [PDF]

Mas Pedro y Juan respondieron diciéndoles: Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios; porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído. (Hechos 4:19-20).

Hechos 4. 13Entonces viendo el denuedo de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras y del vulgo, se maravillaban; y les reconocían que habían estado con Jesús. 14Y viendo al hombre que había sido sanado, que estaba en pie con ellos, no podían decir nada en contra. 15Entonces les ordenaron que saliesen del concilio; y conferenciaban entre sí, 16diciendo: ¿Qué haremos con estos hombres? Porque de cierto, señal manifiesta ha sido hecha por ellos, notoria a todos los que moran en Jerusalén, y no lo podemos negar. 17Sin embargo, para que no se divulgue más entre el pueblo, amenacémosles para que no hablen de aquí en adelante a hombre alguno en este nombre. 18Y llamándolos, les intimaron que en ninguna manera hablasen ni enseñasen en el nombre de Jesús. 19Mas Pedro y Juan respondieron diciéndoles: Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios; 20porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.

El mensaje cristiano es un mensaje de hechos, un mensaje es acerca de “lo que hemos visto y oído” de Jesucristo. El mensaje contiene la interpretación de esos hechos, su significado, y la trascendencia a nuestras vidas, aún después de cientos de años.

Quizás parece extraño que después de dos mil años tengamos que estar aprendiendo cuál es el mensaje cristiano. Desgraciadamente es necesario, pues la información —como en el juego de teléfono descompuesto— se ha diluido y distorsionado. Pero así estamos, el mundo está en un estado de confusión, tanto política como moral, en la sociedad y en la religión. Por tal motivo no hay confusión más importante de resolver que la que concierne con la Iglesia Cristiana y su mensaje.

Ya hemos aprendido que las respuestas no están fuera de la Biblia; ni en la psicología o la filosofía, ni siquiera en la Reforma Protestante —el máximo esplendor del conocimiento de la Biblia—, tampoco en los libros cristianos. Debemos ir al Nuevo Testamento. Lo que la Iglesia fue, es lo que debemos procurar. Es la fuente de agua viva.

Hemos llegado también a la conclusión —como el Dr. Martyn Lloyd-Jones lo hizo— que el cristianismo es un fenómeno; es algo que sucede. No es simplemente una enseñanza, ni algún punto de vista, sino hechos reales; son acontecimientos históricos.

Por otro lado, las religiones falsas así como las filosofías, surgen de manera distinta al cristianismo; surge cuando una persona o un grupo meditan sobre una verdad, desarrollan las ideas y teorías, las enseñan a otros, las discuten, las mejoran, llegan a conclusiones, entonces, quizás las escriben en un libro, y después otras personas las leen. Es así como surge una nueva religión, o una nueva filosofía de ver la vida.

Sin embargo, no es así con el mensaje cristiano, ni tiene qué ver con lo que es la Iglesia cristiana. El cristianismo no es una teoría desarrollada y mejorada con el tiempo, no es una serie de enseñanzas compilada en un libro. Más bien, se basa enteramente en hechos y en la obra directa de Dios en algunos hombres. La Biblia es principalmente un libro de Historia.

Lo hermoso de la Biblia es que nos expone la verdad en diversas formas. Algunos se acercan al cristianismo mediante enseñanzas, pero otros más, observan las evidencias de nueva vida en las personas, de modo que preguntan: “¿Qué te sucedió? ¿Por qué eres así?” Que hermoso cuando así es, Dios se glorifica cuando somos una luz en el mundo, y una sal en la tierra.

Mateo 5. 16Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.

Dios actúa de distinta manera en las personas. No podemos limitar a Dios en su forma de actuar, del cómo hace llegar la verdad a los hombres. No pretendamos que Dios solo lo haga como lo hizo con Pablo —tumbándolo del caballo—, o con Mateo —solo le dijo: “Sígueme”—, o con Cornelio —un hombre piadoso que daba limosnas. Vemos en la Biblia la multiforme gracia de Dios. Sabemos que hay un solo mensaje; una gran verdad; pero esto se puede presentar en muchas formas según los planes de Dios para cada uno.

Precisamente estamos estudiando uno de los ejemplos del poder salvador de Dios, en este caso están Pedro, Juan y el cojo, y una multitud asombrada, y otros —los gobernantes— resentidos y enojados. Así es el mensaje verdadero, siempre trae reacciones opuestas a los que confían en el mensaje y a los que lo rechazan. Así como el sol trae efectos distintos a los materiales distintos, el barro se hace tieso, y el plástico se hace blando.

Ya hemos visto cómo reaccionan los incrédulos, aquellos gobernantes. Ahora es tiempo de meditar en el efecto que produjo en los que recibieron el mensaje. Esto nos ayudará para probarnos a nosotros mismos, y sin lugar a duda para entender la reacción de las personas cuando les presentemos el Evangelio.

De hecho, de eso trata el cristianismo: algo que nos sucede [hechos]. ¿Cuál es el efecto que produce el Evangelio en aquellos que han creído en él? La respuesta la vemos en palabras y hechos de Pedro y Juan en este pasaje.

  1. El cristianismo nos transforma

Hechos 4. 13Entonces viendo el denuedo de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras y del vulgo, se maravillaban; y les reconocían que habían estado con Jesús.

Hemos visto como las autoridades estaban maravilladas al ver a Pedro y Juan, pues eran hombres —a diferencia de todos ellos— sin estudios, sin preparación académica, sin un estatus social, religioso o político; eran insignificantes. Si observamos cómo era Pedro y Juan unos meses antes, o unos años antes, nos sorprenderemos como ellos, ante el cambio radical. La conclusión a la que llegaríamos es a la misma que llegaron ellos: Reconocían que habían estado con Jesús. 

El Hijo de Dios estuvo con ellos. Durante tres años ellos aprendieron cada día del Maestro. Ellos observaron, sin que nadie les dijera, cada milagro. En muchas ocasiones se mostraban lentos ante las enseñanzas de Cristo, y él tenía que exhortarlos.

En una ocasión el Señor tuvo que reprender a Pedro fuertemente: ¡Quítate de delante de mí, Satanás! (Mateo 16.23) ¡Qué palabras tan fuertes! No que Pedro fuera Satanás, sino que estaba actuando como tal, como su adversario. Es impresionante como unos versículos antes, Pedro había dicho la primera confesión de fe de quién es el Cristo.

Mateo 16. 15El les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? 16Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. 17Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. 18Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. 19Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.

Sin embargo, casi de inmediato Jesús comienza a hablarles de lo que le iba a suceder, y cómo sería tratado por las autoridades, y ¿qué fue lo que hizo Pedro para recibir tal regaño?

Mateo 16. 22Entonces Pedro, tomándolo aparte, comenzó a reconvenirle, diciendo: Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca. 23Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: ¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres.

Esta palabra reconvenir, es una palabra fuerte. πιτιμάω: Reprender, ordenar, mandar, exigir severamente.[1]

En otras ocasiones podemos ver que los discípulos eran ambiciosos, celosos unos de otros, deseando ser el mayor.

Mateo 20. 20Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, postrándose ante él y pidiéndole algo. 21El le dijo: ¿Qué quieres? Ella le dijo: Ordena que en tu reino se sienten estos dos hijos míos, el uno a tu derecha, y el otro a tu izquierda.

¿Recuerdan este incidente? No parece tan grave esta petición, y parece menos porque fue la madre de ellos quién la pidió. Sin embargo, al contrario, ellos no tuvieron el valor para ir de frente y pedirlo ellos. El pasaje deja claro que ellos estaban de acuerdo, Jesús les cuestiona otras cosas que ellos responden bien. Al final, los otros discípulos se molestaron con ellos dos, y no con su madre; sabiendo la gravedad del asunto.

No podemos dejar de recordar la madrugada que Pedro negó al Maestro, entre juramentos y maldiciones (cf. Lucas 22.54-60). Todos los discípulos fueron dispersos y huyeron por su vida.

Marcos 14. 50Entonces todos los discípulos, dejándole, huyeron.

Vemos a estos hombres sin preparación, con un carácter cuestionable, y con unas actitudes reprobables durante tres años que vivieron con el maestro. Parecía que no avanzaban. Sin embargo, algo les sucedió [transformó]. Después de esos cuarenta días, y más que todo el día del Pentecostés, estaban de repente irreconocibles.

Ahora tenían la certeza de la verdad, podían asegurarla, argumentar y defender. No solo un conocimiento cualquiera, sino lo hacían con denuedo [con valentía y certeza] hasta la muerte. Cuando los gobernantes vieron el denuedo, se asombraron.

¿Qué fue lo que cambió? 

La respuesta es muy importante. Es necesario dejar las cosas muy claras en cuanto a lo que nos sucede. El cristianismo no es algo que agreguemos a nuestras vidas, tal como se agrega un accesorio. No es un complemento o una mejora de vida. No es algo que hacemos los domingos y dejamos de hacer los lunes. No es algo que nos pongamos y luego nos quitamos. El cristianismo es poder de Dios para salvación. El cristianismo ¡cambia tus deseos! Del pecado por lo santo. Esa es la clave del éxito del cristianismo.

No se puede expresar de mejor manera —pienso yo— que como lo expresó el apóstol Pablo:

2 Corintios 5. 17De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. 

Esto es muy evidente en todo el libro de Hechos; ellos eran nuevas criaturas. 

2. El cristianismo nos gobierna 

Hay muchas cosas en la vida cotidiana que nosotros podemos manejar [gobernar]. Por ejemplo nuestro automóvil. O alguna de nuestras emociones. Quizá manejemos bien nuestro tiempo libre, etc. Pero sin lugar a duda hay otras cosas que nos manejan a nosotros. Hay situaciones de temor, o emociones que nos controlan. Hay circunstancias que nos gobiernan y actuamos según estemos alterados. La economía es un gran ejemplo que nos domina en muchas ocasiones. Nos causa estrés, preocupación, nos quita el sueño. Nos lleva a malas decisiones.

Como el hombre alcohólico actúa bajo la influencia del alcohol. Él es distinto que cuando está en plenitud de sentidos. A veces oímos que tal persona está “lleno de ira”; “lleno de alegría”; “lleno de tristeza”. ¿Qué queremos decir con eso? Que ese sentimiento les gobierna, y actúan según les dicta ese estado de ánimo.

Así es el cristianismo, algo que te gobierna, que te influye en todo tu ser; en tu forma de ver las cosas, en tu forma de actuar, en tu carácter y en tu personalidad. Eres otro. “Las cosas viejas pasaron, y todas son hechas nuevas”.

Tristemente la mayoría de la gente piensa que el cristianismo es algo que puedes manejar. Que es algo que uno hace y deja de hacer cuando así lo decide. Que ser cristiano es ir a la iglesia los domingos. Otros solo se acuerdan de ser cristianos cuando están en problemas, en la enfermedad o en la aflicción. Unos más, solo en los bautismos y funerales. Todo eso está lejos de lo que leemos en el libro de los Hechos. Si tú piensas que puedes manejar el cristianismo, estás en peligro. El cristianismo te maneja, te gobierna, te influye. “Ya no vivo yo, más vive Cristo en mí” (Gálatas 2.20).

Para estos hombres era algo que les sobrepasaba, que ni siquiera tenían que estar meditando en lo que debían de hacer; les fluía, estaba todavía vivo aquello que vieron y oyeron, y simplemente no podían dejar de hablarlo. Era más grande que sus vidas mismas. Esto es lo que vemos a lo largo de la historia. Los apóstoles, los discípulos, los primeros cristianos, muchos muriendo. Esto les gobernaba, y no les importaba lo demás. Se habían hecho “esclavos por amor”.

 3. El cristianismo nos hace hablar

Hechos 4. 20porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.

Los gobernantes estaban preocupados:

Hechos 4. 17Sin embargo, para que no se divulgue más entre el pueblo, amenacémosles para que no hablen de aquí en adelante a hombre alguno en este nombre. 18Y llamándolos, les intimaron que en ninguna manera hablasen ni enseñasen en el nombre de Jesús.

Cuando el Espíritu Santo nos transforma y nos gobierna, la inseguridad se va. 

Ellos tenían la necesidad de hablarlo. En este momento hablar les podía costar la vida, y sin embargo, no podían dejar de hacerlo. Ellos sabían de lo que hablaban, eso lo habían visto y oído con mayor claridad hace unos días. Pablo dice con mucha seguridad: “Yo sé a quién he creído (2 Timoteo 1.12)”, Job expresa con confianza: “Yo sé que mi redentor vive” (Job 19.25). Estos estaban así de seguros, no se avergonzaban, no se intimidaban, ni se mostraban indiferentes.

Que gran contraste de ese cristianismo al del siglo XX. ¿Por qué tenían ese denuedo —casi obsesión? La respuesta es sencilla: cuando se ha estado en la presencia del Hijo de Dios no se puede guardar silencio.

Después de ver la tumba vacía, de verlo resucitado, y luego subir al cielo, estaban obligados a hablarlo, tenían que hablarlo.

Esa experiencia, ese conocimiento certero, esa nueva comprensión de la vida, les daba un poder para ver todas las cosas a la luz de Cristo y el reino de Dios como prioridad.

Ellos no podían callarse porque sentían compasión por los hombres.

Ya se parecían más a su Señor. Así como Jesús cuando caminaba por este mundo, veía las multitudes como ovejas que no tenían pastor, y se compadecía (cf. Mateo 9.36). Él se sentaba con publicanos y pecadores, con las rameras y los más despreciados del pueblo. Se preocupaba por ellos [Compasión significa vivir/sentir la miseria del otro].

Callarse sería una canallada.

Es como tener una enfermedad incurable, y después de gastar todo en médicos y resignarse, encontrar a un médico que tiene esa cura. Se aplica el tratamiento, se recupera, y vuelve a vivir plenamente. Ese hombre tiene una nueva vida. Luego, ve al frente de la calle a un hombre con los mismos padecimientos que él. No lo conoce, pero sí conoce lo que tiene, porque el mismo lo vivió durante muchos años. Él no puede simplemente pasarlo por alto. Él sería un canalla si no se acerca y lo lleva con aquel médico y la cura.

Esto mismo sintieron Pedro y Juan. Ellos habían obtenido vida, y vida en abundancia. Ellos veían la condición de los demás hombres, y su destino; tal como ellos estuvieron en un tiempo. Por tanto, sentían compasión. Se dolían de su miseria. Pensaban que todos tendrán que comparecer ante Dios, y que no hay justo alguno. Veían almas que se acercaban con gran rapidez al juicio del Juez Justo Incorruptible. Tenían temor por ellos. No podían callar lo que sabían, y que podía darles vida. En Jesús hay vida, hay salvación.

Es una reacción natural.

Los discípulos al principio admiraban a Jesús, veían sus milagros, sus enseñanzas sabias. Aun cuando no le comprendían del todo, le amaban. Pero ahora que lo conocían como Salvador, su preocupación más grande es que la gente se acercara, lo conociera y le alabara. Es esta una reacción natural y normal en los aspectos humanos.

Es natural en el hombre que encontró el médico que pudo curarle hablara de él, que lo recomendara, que lo alabara por lo que hizo en él. Ese mismo motivo estaba en los apóstoles. ¿Cómo callarse? Si habían visto su gloria, lo que había hecho por ellos. Tenían que decirlo, esta siempre es una marca de un cristiano: no puede callar lo que ha visto y oído. Por eso decimos que el cristianismo es esencialmente algo que nos sucede.

Eso es lo que pasa una vez que recibimos el mensaje, lo asimilamos, nos transforma, nos gobierna, y no solo queremos hablarlo, sino que nace una disposición por entregar la vida.

Pedro y Juan no estaban ante cualquier persona. Estaban desafiando a aquellos que le quitaron la vida a su Señor. Cuando en una guerra capturan al rey o al mejor de ellos, ¿qué hacen todos? Se rinden. Y sin embargo, aquí pasaba lo contrario. ¿Por qué? Porque no lo habían vencido. ¡Él resucitó! Ellos sabían que ellos mismos estarían para siempre con el Señor si morían. Cuando los amenazaron, ¿cuál fue su respuesta? Una respuesta que quedó para siempre: “Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios”.

Ellos estaban seguros de lo que tenían qué hacer. Cualquier cosa que viniera no sería suficiente para desviarlos. Estaban firmes en su misión. Casi todos los primeros discípulos murieron hablando de Jesús, no negándole. “No podían dejar de decir”. Los primeros trescientos años fueron duros. Tantos testimonios que leemos. Les amenazaban con echarlos a las fieras en el Coliseo Romano, les cuestionaban: “¿Desean seguir?” Ellos respondían igual: “No podemos dejar de decir”; “no podemos callarnos”; “no podemos negar al Señor”.

Durante muchos años los cristianos han estado dispuestos a hacer lo mismo; a morir; a entregar su vida por su Señor.

¿Por qué lo hacían? ¿Por qué entregar su vida? “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hechos 5.19). Así lo veían los amigos de Daniel en Babilonia, cuando el rey Nabucodonosor los amenazó. Ellos no quisieron postrarse ante la imagen de un rey terrenal. Porque “era necesario obedecer a Dios antes que a los hombres”. Y si obedecer a Dios antes que a los hombres nos lleva a la muerte, que nos lleve.

Ellos hablaban [predicaban] por obediencia. El Señor les había encomendado esa misión. (Lucas 24.49, Mateo 28.18, Hechos 1.8)

Pero también porque no había un mejor motivo para vivir que Cristo, (Filipenses 1.21)

Además, ellos ya no le temían a la muerte (1 Corintios 15.55-57).

Tenían la seguridad que la muerte ha perdido su aguijón, que la muerte no es el fin, sino una puerta para entrar a la eternidad. “…pero que ahora ha sido manifestada por la aparición de nuestro Salvador Jesucristo, el cual quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el Evangelio (2 Timoteo 2.20)”. No temían a los que matan el cuerpo, como Jesús les había enseñado (Mateo 10.28). Teniéndole a él, lo tenían todo, aunque les faltara lo demás.

El cristianismo es: “Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia” (Filipenses 1.21).

No son simples reglas a seguir. Por supuesto que hay mandamientos, y nos gozamos en ellos porque no son gravosos. Porque entendemos que así agradamos a Aquel que nos salvó. Pero antes que reglas, el cristianismo es algo que nos transformó, nos hizo nuevas criaturas con nuevos deseos y nuevos propósitos, con nuevo poder y nueva armadura; el cristianismo nos gobierna, nos influye en cada decisión, pues tenemos la mente de Cristo, ya no vivimos nosotros, y es necesario que nosotros mengüemos; el cristianismo nos hace hablar de lo que hemos visto y oído, la inseguridad se fue, sería una canallada no decir dónde está la cura, es una reacción a su amor en agradecimiento, es una nueva disposición para entregar nuestra vida por él que nos dio la eternidad.

[1] Tuggy, A. E. (2003). Lexico griego-español del Nuevo Testamento (p. 365). El Paso, TX: Editorial Mundo Hispano.

—Descargar sermón completo:

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