3. No me cambien

3. No me cambien el tema | #CEO


3. No me cambien el tema —primero el reino.

■ Casa de Oración Rancho Nuevo | 01 de Junio de 2014 | Jonathan J. García | #CEO

3. No me cambien el Tema (pdf)

Hechos1.4Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí. 5Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días.6Entonces los que se habían reunido le preguntaron, diciendo: Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo? 7Y les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad; 8pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.

¿Qué ha sucedido con la Iglesia? ¿Dónde ha perdido su eficiencia? ¿Dónde quedaron aquellos hombres que estaban dispuestos a todo? ¿En qué momento se perdió la misión principal? ¿Por qué hoy se ponen los ojos en la organización, la logística, la alabanza, el edificio —en los hombres— y no en Cristo? Decíamos que las respuestas certeras las encontramos en el libro de los Hechos. Allí se fundamenta nuestra serie, “Cristianismo: El Origen”. El propósito es encontrar el “Cristianismo Auténtico”, “Cristianismo y nada más”, sin añadir, sin remendar, sin suprimir; sin “mejorar”.

Vimos que la tarea más urgente en el mundo hoy, es dar a conocer el Evangelio a toda criatura; la Iglesia es la encargada de tal misión. Etimológicamente la palabra para ‘hechos’ (praxis) significa ‘acción’, y también ‘práctica’. Creo que no queda mucho qué explicar, estas palabras deben caracterizar a la Iglesia cristiana: acción y práctica. Las últimas palabras del Maestro revelan la urgencia de la misión de la Iglesia: El Evangelio del reino. Dijo Henry Martyn (1781-1812): “su último mandamiento ha de ser nuestra primera preocupación”.

Si bien recuerdan en la serie anterior, acerca de una familia llena del Espíritu, la cimentamos en los principios de Dios para el matrimonio y la familia, descrita en el libro de Génesis; de esta misma forma, así como Génesis trata del origen del ser humano, el libro de Hechos trata del origen de la Iglesia cristiana. Allí es donde debemos regresar; allí encontramos el plan original de Dios. El libro de Hechos se puede dividir de diferentes formas que han propuesto los estudiosos. La principal esta bosquejada en:

Hechos 1. 8pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.

Aparte de ser el versículo clave del libro de Hechos, aquí vemos que Jesús profetiza acerca del progreso del reino de Dios, por el poder del Espíritu a través del testimonio de los creyentes. En primer lugar serán testigos en Jerusalén (aprox. 1-7), después en Judea y Samaria (8-12) y finalmente hasta lo último de la tierra (13-28). Otra división interesante, se propone en dos partes; la primera habla acerca el ministerio de Pedro (1-12) y la segunda sobre Pablo (13-28). Con una combinación de estos dos bosquejos formaremos el nuestro:

 I. La misión cristiana a los judíos (1:1–12:24)

(1) La iglesia en Jerusalén (1:1-6:7); trata de la Iglesia en Jerusalén y de la predicación de Pedro; termina con el resumen:

* A todo esto, el Evangelio se iba propagando, y el número de los creyentes se  multiplicaba extraordinariamente en Jerusalén; también se habían convertido muchos sacerdotes.

(2) La iglesia en Judea, Galilea y Samaria (6:8-9:31); describe la extensión del Cristianismo por toda Palestina y el martirio de Esteban, seguido de la predicación en Samaria. Termina con el resumen:

Entonces la Iglesia estaba en paz en toda Judea y Galilea y Samaria, y seguía edificándose y viviendo en el temor del Señor; y crecía en número de creyentes gracias al ánimo que les daba el Espíritu Santo.

(3) Avances en Palestina y Siria (9:32-12:24); incluye la conversión de Pablo, la extensión de la Iglesia hasta Antioquía, y la entrada del gentil Cornelio en la Iglesia, con la intervención de Pedro. El resumen final es:

A todo esto, el Evangelio crecía en extensión y en influencia.

II. La misión cristiana a los gentiles (12:25–28:31)

(4) El primer viaje misionero de Pablo y el concilio apostólico (12:25–16:5);cuenta la extensión de la Iglesia por toda Asia Menor y la campaña de evangelización en Galacia. Termina diciendo:

Las congregaciones se iban consolidando en la fe, y crecían en número de día en día.

(5) El segundo y el tercer viaje misionero (16:6–19:20); relata la extensión de la Iglesia en Europa y la obra de Pablo en grandes ciudades gentiles como Corinto y Éfeso. En resumen:

Así iba extendiéndose el Evangelio poderosamente y haciéndose maravillosamente eficaz.

(6) Los viajes finales de Pablo a Jerusalén y a Roma (19:21–28:31); cuenta la llegada de Pablo a Roma y su encarcelamiento allí. Termina con la descripción de Pablo:

Proclamando el Reino de Dios e impartiendo enseñanza sobre todo lo concerniente al Señor Jesucristo con libertad y valentía, y sin que nadie hiciera nada para impedírselo.

La semana anterior nos ha quedado claro que algo pasó en esos cuarenta días que Jesucristo resucitado aparece a sus discípulos. Ellos estaban tristes y deprimidos; querían volver atrás. Sin embargo, el Espíritu les abre los ojos para que comprendan las Escrituras. Jesús les habla del reino de Dios. Este concepto es de suma importancia para entender todo el Nuevo Testamento como revelación del Antiguo Testamento. Dios no ha cambiado de parecer; Dios siempre tuvo este “plan maestro”. Pero los discípulos de aquel entonces no lograban entender el alcance del reino de Dios; ni muchos cristianos de hoy entendemos su enfoque. Recordamos que los discípulos que iban en camino a Emaús estaban tristes, principalmente por eso: por entender mal el reino de los cielos. Les recuerdo la respuesta a la pregunta de Jesús ¿por qué están tristes?

Lucas 24. 21Pero nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel; y ahora, además de todo esto, hoy es ya el tercer día que esto ha acontecido.

A pesar de que Jesús ha hablado mucho acerca del reino —se registran más de 60 ocasiones en los cuatro Evangelios— ellos no podían ver con claridad que el reino no es de este mundo (Juan 18.36). Cada uno lo tomaba como quería o le convenía. Esa fue la primera predicación del Mesías al iniciar su ministerio:

Marcos 1. 14Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, 15diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio.

“Reino de los cielos” y “reino de Dios” se intercambian, es exactamente lo mismo. Las parábolas de Jesús hablaban del reino, era el centro de su mensaje y la razón de su venida; su ministerio inauguró el reino de Dios que había sido anunciado a lo largo del Antiguo Testamento. El problema era el orgullo de los judíos al ser el pueblo escogido por Dios; se olvidaban que no fueron escogidos por ser el mejor, sino todo lo contrario: el más insignificante (Deuteronomio 7.7). Sin embargo, ellos estaban orgullosos de que eran el pueblo escogido de Dios; creían que eso quería decir que eran los favoritos, que estaban destinados a un honor y a privilegios especiales, en especial para dominar el mundo. A veces así pasa con las religiones o denominaciones que se dicen ser cristianas: se sienten los favoritos y los que tienen la verdad, los escogidos por Dios; orgullosos de ser de tal o cuál denominación, antes de estar orgullosos por ser de Cristo y ser parte de su reino —parece que tiene más renombre llamarse presbiteriano, o bautista, o reformado, incluso hasta pentecostal, que llamarse cristiano y nada más.

El reino de los cielos no era una enseñanza nueva en la mente de los judíos; pero no querían ver que ese reino era espiritual. En el A.T. fue anunciado, por ejemplo en:

Daniel 2. 44Y en los días de estos reyes el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido, ni será el reino dejado a otro pueblo; desmenuzará y consumirá a todos estos reinos, pero él permanecerá para siempre,

Es claro que ellos siempre esperaron ese reino, que pertenecería a uno de la simiente de Abraham, de Isaac, y específicamente de la tribu de Judá, obligatoriamente pasando por David; y efectivamente, el Mesías fue descendiente de todos ellos, pero su reino no era de este mundo, e Israel no sería el centro de ese reino, sino Cristo. Es más, cada que celebraban la pascua, —el éxodo de Egipto, ‘pascua’ significa ‘pasar por alto’; misericordia— ellos recitaban sus oraciones, pidiendo que regresara el Mesías para que fuera rey y dominara todo el mundo. Todo su enfoque del reino lo tenían relacionado con este mundo pasajero. Pero así no era como nuestro Maestro les estaba presentando el reino de Dios; esta fue la principal razón por la cual los judíos rechazaron al Salvador; hasta sus discípulos se sentían desilusionados por esa misma razón.

Lucas 11. 2Y les dijo: Cuando oréis, decid: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.

“Venga tu reino” era la primera petición que Jesús les enseña a sus discípulos; el reino de Dios ya inició, pero aún no culmina, por eso debían pedir que viniera. Porque se culminará cuando Jesús venga por segunda vez y establezca su reino con justicia. El reino de Dios es que se haga su voluntad en esta tierra, como ahora mismo se hace en el cielo. Esa es la tarea de la Iglesia, anunciar el reino de Dios, para esto es fundamental la predicación de las buenas nuevas. De hecho, así termina el libro de Hechos que estamos estudiando:

Hechos 28. 30Y Pablo permaneció dos años enteros en una casa alquilada, y recibía a todos los que a él venían, 31predicando el reino de Dios y enseñando acerca del Señor Jesucristo, abiertamente y sin impedimento.

Ahora debemos entender más claramente lo que sucedió en esos cuarenta días, en los cuales Jesús les habló del reino; les explicó más detalladamente todo lo que eso significaba.

 El reino de Dios se concibe como algo que se hace presente en los hechos de la vida, muerte y resurrección de Jesús, y proclamar estos hechos, en su marco apropiado, es predicar el Evangelio del reino de Dios.17

El reino ha comenzado, y tiene qué ver con Jesús, con lo que hizo y que continua haciendo; el cristianismo es la religión que anuncia el reino de Dios; el cristianismo son los habitantes de ese reino, son peregrinos y extranjeros en un mundo alejado de aquel reino. Esto me recuerda las palabras de Spurgeon: “El cristiano es el hombre más contento en el mundo, pero es el menos contento con el mundo”. Es importante que constantemente nos estemos recordando: “el reino de los cielos no es de aquí”. Para eso Dios mandó a su Hijo Unigénito al mundo, para que seamos salvos por él; para que entremos al reino de los cielos.

Pero es importante que comprendamos que predicar el reino, no significa exigir a la gente que vivan el reino; porque esto sería legalismo, pórtense bien, sean mejores, esfuércense para que Dios los acepte. ¡No! No se puede entrar al reino, ni vivir en el por portarse mejor; es necesario nacer de arriba. Jesús le dice a Nicodemo: “El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de los cielos […] el que no naciere de agua y del Espíritu no puede entrar al reino de los cielos […] el que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es (Juan 3)”.

Aquí está la clave para entender el reino de los cielos, y por tanto, el cristianismo. “El que no naciere de nuevo no puede ver; el que no nazca del Espíritu, no puede entrar”. En otra ocasión dije:

Las demás religiones prometen que si te portas bien, tal vez, y muy probable ganarás tu pase al cielo; otras, que cumpliendo ciertas normas y permaneciendo en esa religión, estarás construyendo tu futuro en la eternidad. El cristianismo no promete cosas tales como recompensa, sino como don de Dios (Efesios 2.8); eso es lo hermoso del cristianismo, pues además de la salvación del alma y la vida eterna, promete a una persona Divina que morará dentro de nosotros; ese es el triunfo del cristianismo: el Espíritu Santo morando en el creyente, esa es la garantía y lo maravilloso del cristianismo.[1]

En pocas palabras, si el Espíritu no mora en la persona, no es cristiano. Dicho de manera positiva, en toda aquella persona que habita el Espíritu de Dios, es cristiana. Tiene todo qué ver con lo que Jesús les está diciendo a sus discípulos, veamos:

Hechos 1. 4Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí. 5Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días.

La mayoría de las religiones, y tristemente algunas denominaciones cristianas enseñan que la salvación se puede ganar; o en el peor de los casos, perder. Que depende del que corre, del que persevera, del que alcanza. Pero estamos viendo, que el triunfo del cristianismo es la morada del Espíritu, que nos capacita para la obra del reino. En otras palabras, depende de Dios que tuvo misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo (Tito 3.5). Por eso Jesús, como leímos, está enseñando que para entrar a ese reino es necesario nacer de nuevo, nacer del Espíritu. Es necesario que antes de comenzar a vivir en el reino, y a predicar sobre ello, seamos investidos de poder —como lo expresa el Evangelio (Lucas 24.49).

“Ciertamente Juan bautizó con agua, más ustedes serán bautizados con el Espíritu Santo”; eso es el cristianismo. Es el bautismo del Espíritu lo que nos ingresa al reino. Toda persona que ha sido bautizada con el Espíritu, es cristiano (1 Corintios 12.13). No hay ningún cristiano que no haya sido bautizado con el Espíritu. Esta es la señal inequívoca del Nuevo Pacto —el bautismo con el Espíritu. La señal del antiguo pacto era la circuncisión, la cual puede fallar —por la debilidad de la carne—, pero la señal del Nuevo, es el bautismo con el Espíritu, el cual asegura y sella para siempre la entrada al reino, y mejor aún, no se puede falsificar. Veamos como expresa el libro de hebreos este Nuevo Pacto citando a Jeremías 31:

Hebreos 8. 8Porque reprendiéndolos dice: He aquí vienen días, dice el Señor, En que estableceré con la casa de Israel y la casa de Judá un nuevo pacto; 9No como el pacto que hice con sus padres. El día que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto; Porque ellos no permanecieron en mi pacto, Y yo me desentendí de ellos, dice el Señor. 10 Por lo cual, este es el pacto que haré con la casa de Israel. Después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mis leyes en la mente de ellos, Y sobre su corazón las escribiré; Y seré a ellos por Dios, Y ellos me serán a mí por pueblo; 11Y ninguno enseñará a su prójimo, Ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce al Señor; Porque todos me conocerán, Desde el menor hasta el mayor de ellos. 12 Porque seré propicio a sus injusticias, Y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades.

En el Antiguo pacto, los padres tenían que enseñar/convencer a sus hijos a guardar la Ley. Pero eso no le aseguraba a nadie la vida. Y como se ha probado, ninguno pude justificarse por las obras de la Ley. Pero Dios, en su misericordia y gracia, en el Nuevo Pacto ha escrito sus Leyes no en dos tablas de piedra, sino en la mente y el corazón del nuevo miembro del reino. Ya ninguno enseñará a su prójimo, ni a su hermano diciendo: conoce al Señor; porque el Espíritu es el que convencerá de justicia, de juicio y de pecado. Cuando el Espíritu bautiza al individuo, son abiertos sus ojos y su corazón, ahora puede entender el mensaje del Evangelio; de esta forma, puede ver, puede entrar y estará capacitado para vivir y proclamar el reino de los cielos.

Por ahora no veremos las implicaciones del bautismo con el Espíritu, ni la experiencia subjetiva que conlleva. Lo veremos detalladamente cuando llegue ese día prometido por Dios, cuando se lleva a cabo en el pentecostés. De entrada sabemos que hay muchas diferencias entre las denominaciones en cuanto a la señal externa del bautismo, y si se da después de haber nacido de nuevo —no nos pelearemos por eso, porque nuestra intención no es defender alguna postura, sino escuchar qué tiene qué decirnos Dios. Por lo pronto, lo que es claro en las Escrituras, es que el concepto de bautismo, nos da la idea de una iniciación o identificación con alguna religión o persona. Esa es la esencia del bautismo, identificarse con alguien o algo, entrar o iniciar algo. Es así como lo describe el apóstol Pablo en:

Efesios 1. 13En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, 14que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria.

La garantía que tenemos es que el Espíritu Santo es el sello: que autentifica, que da autoridad, que nos marca como su propiedad, por tanto nos da seguridad, nos aprueba, y marca nuestro destino. Decía Juan, “yo les bautizo con agua, pero viene uno después de mí, más poderoso que yo, que les bautizará con el Espíritu Santo y Fuego”, esa es la promesa del Padre. El tiempo ya se había acercado en el cual la promesa del Padre vendría, en unos cuantos días serían bautizados con el Espíritu.

Juan 14.  17el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros. […] 26 él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo […] 15.26-27 él dará testimonio acerca de mí.Y vosotros daréis testimonio también […] 16.7-8 Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros.Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio  […] 13 él os guiará a toda la verdad […] 14 El me glorificará.

Era necesario que Jesús se fuera para que el Espíritu que ya moraba entre ellos, ahora viviera en ellos.

El Espíritu ya había obrado en ellos para convencerlos y pudieran ver y entrar en el reino de los cielos; pero como Cristo aún no resucitaba y el Espíritu aún no venía con poder sobre ellos, era necesario que los discípulos esperaran esa inauguración de la nueva era del Espíritu; en la que serían investidos de Poder para proclamar el Evangelio, para ser testigos. Esto ha traído ciertas dudas y preguntas, de si siempre el bautismo con el Espíritu sucede un tiempo después de haber creído o nacer de nuevo.  Sólo en esta ocasión fue así, ya que Jesús aun andaba con ellos no podían ser investidos de poder aún. Era necesario que el Cristo padeciese, resucitara y fuera al Padre, para así enviar al Espíritu; él decía, les conviene que yo me vaya, y yo les enviaré otro Consolador.

Suele confundirse el bautismo con el Espíritu, con ser lleno o investido de Poder —muchos intercambian esos dos conceptos; porque regularmente ocurren al mismo tiempo. Todos los creyentes son bautizados; al escuchar el Evangelio, son abiertos sus ojos, y entran al reino; en ese momento también son investidos de poder para ser testigos, esa es la promesa del Padre —aunque no todos parecen tener el mismo “poder” al ser testigos. Veremos más acerca de esto cuando lleguemos al pentecostés.

Este era el tema de Jesús en esos cuarenta días; el reino de Dios, su misión, la necesidad de su capacitación por el poder del Espíritu. Esa es la misión de la Iglesia, predicar el Evangelio del reino. Jesús es el centro, el Rey de reyes, y Señor de señores. Sin embargo, los discípulos le cambiaron el tema. Desviaron tan pronto su mirada y su enfoque.

Hechos 1. 6Entonces los que se habían reunido le preguntaron, diciendo: Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo? 7Y les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad…

 Ya con un poco más de entendimiento del reino, los discípulos seguían preocupados por su nación, Israel. Dios tiene plan como enseña Pablo en Romanos 11.

Romanos 1125Porque no quiero, hermanos, que ignoréis este misterio, para que no seáis arrogantes en cuanto a vosotros mismos: que ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles; 26y luego todo Israel será salvo, como está escrito

Apenas comenzaba el reino de Dios, y ellos ya querían que terminara. Estaban aún preocupados por su nación, de hecho todavía no comprendían que el reino se extendería hasta los últimos rincones de la tierra. No sólo murió Jesús por la nación de Israel, sino por el mundo, así le escribió después el apóstol Juan en su carta “Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo (1 Juan 2.2)”.

A penas les estaba dando la gran comisión y ya estaban desviando sus miradas. Jesús responde tajantemente: No les toca saber a ustedes cuando será el fin y la restauración de Israel, pero… Eso no sucederá aún, pero…

Hechos 1. Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.

El libro de los Hechos podría bien llamarse, “Los testigos del Cristo”. El reino de Dios busca alcanzar a más y más, busca redimir a muchos, que muchos se añadan y digan con certeza: Hagas tu voluntad en mi vida, Padre; debemos predicar el arrepentimiento, el perdón de pecados y el don del Espíritu. Para que otros puedan ver, entrar y proclamar este reino. Esta frase me gustó mucho:

La iglesia cristiana es la única organización del mundo que existe puramente para el beneficio de quienes no son miembros de ella. ¡Misión! —William Temple.

¿Se dan cuenta? No desviemos nuestro enfoque, no le cambiemos el tema al Maestro; se trata de Jesús, de vivir y proclamar el Reino de Dios; su gobierno, sus mandamientos, sus prioridades. No se trata de mi vida, ni de mi trabajo, ni de mi congregación o denominación; ni siquiera de mi religión. Se trata de que el reino de Dios avance, de sacrificar aún nuestras vidas terrenales, por si quizá uno más entre. Se trata de orar y buscar ser testigos fieles de nuestro Salvador.

 El trabajo de Adán consistía en gobernar y sojuzgar la tierra (Gn. 1:28). Esto parece significar que su tarea era ampliar las fronteras del Edén hasta que toda la tierra fuera como el Edén, un lugar donde Dios estaba presente, se daba a conocer, era servido y adorado y estaba especialmente presente. Adán pecó y fue expulsado del Edén, pero Dios no abandonó su plan de cubrir la tierra con su gloria. Dios prometió levantar una simiente de la mujer que aplastaría la cabeza de la serpiente, derrotando el mal. Más tarde hizo promesas a Abraham de que superaría las maldiciones resultantes del pecado. Estas promesas fueron pasadas a través de Isaac a Jacob, y luego a las tribus de Israel. Después de haber sacado a Israel fuera de Egipto, Dios los llevó a un nuevo Edén, la tierra prometida. Luego Dios le dio a Israel la tarea de Adán: expandir las fronteras del reino en el que Yahvé está presente, se da a conocer, es servido y adorado (cf. Núm 14:21; Sal. 72:19).

Israel pecó al igual que Adán pecó, e Israel fue exiliado de la tierra así como Adán fue exiliado del Edén. A través de los profetas, Dios prometió que iba a restaurar a Israel y lograr su propósito de cubrir la tierra con su gloria así como las aguas cubren el mar (Is. 6:3; 11:9; Hab 2:14). Finalmente Dios envió a Jesús, quien recapituló a Israel, resistió la tentación, conquistó la tierra, venció la muerte muriendo y resucitando, y ha comisionado a sus seguidores a hacer discípulos de todas las naciones. Cuando la plenitud de los gentiles haya entrado, todo Israel será salvo (Rom 11:25-27), y Jesús cubrirá la tierra con la gloria de Yahvé.[2]

Ese es el reino de Dios, Adán no pudo, Israel no pudo, pero Jesús lo ha hecho; y ha investido a la Iglesia, para trabajar para beneficio de quienes no son miembros, para que ellos también crean, y sean salvos, y testifiquen. Dejemos de ver hacia dentro de la Iglesia, nuestros hermosos programas, y grandes edificios; edifiquemos para el reino. El Señor ha prometido investirnos de poder. Debemos orar, debemos buscar ser llenos del Espíritu cada día, con la única y gran finalidad de que el reino de los cielos crezca. El reino de Dios es un lugar donde Dios está presente, se da a conocer, es servido y adorado, ese es el tema, esa es nuestra vida y nuestra predicación. ¡Dios nos ayude!

17 C. H. Dodd, La predicación apostólica y sus desarrollos, Madrid, 1972, p. 27. Dodd creía que la enseñanza de Jesús y la predicación apostólica primitiva presentaban una escatología completamente “realizada”; cf. también su Las parábolas del reino, Madrid, 1974; The Coming of Christ, Cambridge, 1952.

[1]J.J. García, Una familia llena del Espíritu, (El Espíritu mora en ti).

[2] James M. Hamilton Jr., “La Simiente de la Mujer y la Bendición de Abraham,” Tyndale Bulletin

58 (2007)


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