Una presencia real


«En cierta ocasión, durante el año 1737, cabalgaba por el bosque debido a mi salud. Luego de un rato, busqué un sitio apartado, como era mi costumbre, y comencé a caminar en contemplación divina y oración. Entonces, tuve una visión extraordinaria de la gloria del Hijo de Dios como mediador entre Dios y los hombres, y también de su gracia y amor que son maravillosos, grandes, plenos, puros y dulces, y de su mansedumbre y condescendencia apacibles.

Esta gracia que resultaba tan calma y dulce aparecía también grande por encima de los cielos. La persona de Cristo se presentaba inefablemente excelente, con una presencia real lo suficientemente grande como para absorber todo pensamiento e idea, lo cual continuó, tanto como puedo deducir, por alrededor de una hora, tiempo en el que me mantuve desbordante de lágrimas y sollozos expresados en voz alta».

— Jonathan Edwards.

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